A MANO ALZADA: apuntes sobre “ARTISTS FOR DEMOCRACY: El archivo de Cecilia Vicuña”


A MANO ALZADA: apuntes sobre “ARTISTS FOR DEMOCRACY: El archivo de Cecilia Vicuña”


Por Fernando García

Son muchas las experiencias surgidas en el contexto de la resistencia que forman parte de nuestra endeble memoria. Muchas de ellas escurren de boca en boca, con la rapidez y fragilidad propias de los desplazamientos orales. Otras están más documentadas, vueltas narración y repertorio bibliográfico que robustece el debate público y disciplinar. Hay otras, aún, que navegan por un espacio más exiguo esperando ser rescatadas, expuestas e interpretadas, para bien del contenido y la multiplicidad de sentidos que se despliegan desde su núcleo histórico: ellas se inscriben a partir de lo que entendemos por archivo. En esta última línea, la exposición ARTISTS FOR DEMOCRACY: El archivo de Cecilia Vicuña en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, recupera la historia de una gran movilización organizada por un grupo de artistas en la ciudad de Londres en 1974; la recupera, digo, del fondo farragoso de la desmemoria, sorteando así su omisión.

       Desde hace algún tiempo, la investigadora Paulina Varas, curadora de esta exposición, ha destacado el valor histórico de esta experiencia de solidaridad surgida en Londres contra la dictadura militar en Chile, sobre todo por el carácter democrático y participativo que se desprende de su práctica político-artística. Artists for Democracy fue una agrupación fundada en mayo de 1974 por Guy Brett, John Dugger, David Medalla junto con la poeta y artista chilena Cecilia Vicuña, quienes en paralelo a otras organizaciones inglesas de solidaridad con Chile, como la Chile Solidarity Campaign, realizaron una extensa campaña durante aquel año en apoyo a quienes resistían contra la barbarie militar.

invitacion-festival-frente-mitadInvitación del “Art Festival for Democracy in Chile” organizado por Artists for Democracy en octubre de 1974. Cortesía: Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

          La historia que revela el archivo es, evidentemente, más extensa y compleja, pero no es mi objetivo dar cuenta de ella aquí. El archivo, en todo caso, no se reduce a la mera presentación de esta experiencia pasada -compuesta por documentos audiovisuales, cartas, notas de prensa, afiches, etc.-, sino que invita a pensar en la actualidad de tal memoria a partir de la compleja articulación entre el archivo y el montaje artístico propuesto por Cecilia Vicuña, tanto por el carácter simbólico que otorgan a la memoria, como por las operaciones que suscitan y que invitan al espectador a participar de ellas.

            Esta conjugación entre archivo y obra, cuya síntesis retrata la poética de la memoria de esta exposición, puede caracterizarse, a modo de ejemplo, mediante el “Quipu”. El “Quipu” es un sistema mnemotécnico desarrollado por civilizaciones andinas, que funciona a partir de cuerdas colgantes de lana o algodón y que fue utilizado como medio de contabilidad. Cecilia Vicuña lleva años trabajando con ellos y en esta exposición es con la obra “Quipu de lamentos” donde echa mano de este sistema. Esta instalación de tipo site-specific ocupa un gran espacio que invita a recorrerlo: dentro de cada cuerda de algodón que cuelga desde lo alto, unos parlantes reproducen cantos Tayil, un canto totémico de origen mapuche, cantados ahora por la propia artista. “Sí laba/ del labio/ inescrutable” dice el texto de muro a un costado. Avanzando entre las cuerdas se abre entonces, de manera indeterminada entre el sonido de este canto, mezcla de gemido y estertor, un recorrido más largo por la historia del dolor, sea este ancestral, reciente o actual: el recuerdo de la violación física y simbólica del territorio y cultura mapuche, pero especialmente el sufrimiento de los torturados, los desaparecidos y de sus familias se hace presente y patente ante los miles de retratos colgados a un costado, en el gran muro del museo. De esta manera, es el espectador quien por medio de su participación activa va recreando este desgarro, como si juntara los trozos de un friso despedazado.

CeciliaVicuña-1-of-22Cecilia Vicuña durante la instalación de “Quipu de los lamentos” en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, Santiago, 2013. Cortesía: artishock.cl (Sebastián Mejía)

actualizacion_memorialMemorial de los detenidos desaparecidos en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Cortesía: Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

          Como insinuaba arriba, entonces, la presentación de este profuso archivo conjuga dos modalidades de lectura, cuya contradictoria complementariedad trasciende a ambas y le otorga un cariz especial, sobre todo ético, a la experiencia en la cual como espectadores nos imbuimos. Dicho de otra manera: es mediante el tránsito por estas dos aristas -lo testimonial del archivo y lo estético de la obra- que el espectador es invitado a hacerse cargo de la simbolización de una memoria.

  ***

           Sin duda, esta forma de disponer una experiencia a través del arte, estableciendo como eje articulador la idea de una participación activa del espectador, responde a un ordenamiento político de lo estético. Esta exposición, en ese sentido, no es neutra; al contrario, como lo expresa Cecilia Vicuña en el catálogo, se posiciona al otro lado de la trinchera junto a las reivindicaciones sociales por una democracia participativa, plasmada en la demanda por una Asamblea Constituyente, y que se expresan aquí soterradamente por medio de dichas operaciones estéticas. Esto es fundamental, porque es a través de esta fórmula que la memoria que activa el archivo de Vicuña puede conjugarse en distintas temporalidades y, con ello, cobrar vigor en la actualidad, donde el recuerdo de tal experiencia se vuelve útil y necesario.

       Ahora bien, lo político en el arte en este caso, no debe ser entendido por el potencial ilustrativo de la obra, como tampoco por la capacidad de someter la temática política a un constante cuestionamiento crítico. Lo que habría que pensar es cómo lo político, expresado en una demanda contingente como es la formación de una democracia participativa, puede cristalizarse en el arte a través de la articulación interna y externa de la obra, de manera tal que los sistemas a través de los cuales se ejerce y practica la política “disidente” puedan mediar los procesos con los que se construye la experiencia estética en el arte.

          Por supuesto, este es un viejo problema. Ya en los ´60 Godard propuso la idea de que las películas deberían hacerse en asambleas generales, y que por medio de democracia directa se decidiera entre todos el dónde va la cámara o el cómo debiera ser tal o cual encuadre. El ejemplo puede resultar irrisorio, pero no lo es tanto. Sin ir más lejos, Mariairis Flores y Lucy Quezada, ambas egresadas de la carrera de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile, publicaron un ensayo[1] el año pasado donde explican cómo el giro estético de la política estudiantil del 2011 supuso, a un mismo tiempo, un giro político en ciertas prácticas artísticas. Esto lo ejemplificaron a través de obras como “El guanaco” o “La silla gigante”, cuyos contenidos se articulaban según la contingencia de la movilización y la ardua deliberación entre sus participantes respecto a cómo representarlos. La autoría, para tal efecto, se diluye absolutamente y la creación surge por medio de la acción anónima de los sujetos políticos. La pregunta entonces cae de cajón: ¿no es ésa acaso la dinámica de la política asambleísta, donde el vocero (en este caso devenido obra) no es más que el portador de un mensaje formulado por una masa anónima: la base?

2“El guanaco” incendiado . Cortesía: NN

           Volviendo a “ARTISTS FOR DEMOCRACY: Al archivo de Cecilia Vicuña”, sería justo por último, reprocharle su falta de crítica ante los propios presupuestos democráticos que despliega. Habría que evaluar hasta qué punto la demanda por una democracia participativa ha sido integrada por el gobierno de Bachelet, y hasta qué punto ha sido a la vez cooptada, para evaluar luego cuándo y cómo puede ser progresivo su apoyo. No podría negarse la necesidad de reformular el Estado por la vía constitucional; ese, digamos, es un objetivo ineludible de la izquierda actual. Lo que sí puede ponerse en cuestión es hasta qué punto las posibilidades de pensar una “sociedad distinta” están siempre secuestradas por los límites formales de la democracia: “Si esta democracia es desigual e injusta, bueno, entonces cambiémosla por esta otra”. En este marco político hacinado por el límite simbólico que impone la democracia formal, la posibilidades de pensar o imaginar un “más allá” se ven continuamente aplastadas. Para tal efecto, la crítica no funciona meramente como un potencial destructivo, sino sobre todo como una fuerza capaz de desordenar los límites de lo “posible” y lo “pensable”. Un arte crítico, valga la coincidencia, puede hacer de terremoto.

—————————————————————————–

El día 30 de abril, se realizará en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos la actividad de cierre de la exposición “Artists For Democracy: El Archivo de Cecilia Vicuña” con un coloquio denominado: “El Arte y la Democracia Participativa”, que intenta pensar el rol del artista durante el actual proceso de movilizaciones sociales. Los dejamos a todos cordialmente invitados.

Para más información: sigue el link.


[1] El ensayo, escrito a dos manos, “La dimensión artística de la manifestación: marchando desde la Facultad de Artes de la Universidad de Chile”, puede encontrarse en el libro “EN MARCHA: Ensayos sobre arte, violencia y cuerpo en la manifestación social”, publicado por Adrede Editora el año 2013.

Artículos recomendados

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *