A propósito de “Buena compañía” en Fundación Cultural Providencia: Un popurrí /de ideas/ del arte joven, contemporáneo y local.


A propósito de “Buena compañía” en Fundación Cultural Providencia: Un popurrí /de ideas/ del arte joven, contemporáneo y local.

por Sergio Soto Maulén


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Fotografía: Facebook Fundación Cultural de Providencia

“Pero tu me abandonaste por ser pobre
y te casaste con una vieja que es muy rica
y llore y llore y llore noche tras noche
caray, noche tras noche, caray noche tras noche”

Juan Gabriel

Desde el 15 de julio y hasta el 06 de septiembre la muestra “Buena compañía” será exhibida en el edificio de la Fundación Cultural Providencia. Se presenta como una actividad posterior a un catastro realizado por la misma organización que destapó y dio cuenta de la existencia de talleres artísticos pertenecientes a la comuna de Providencia y sus alrededores de una forma sistemática.

En la muestra es posible dar cuenta de un panorama artístico muy activo y así, a través del reconocimiento de la existencia de estos espacios, se explicita que los talleres establecen otras y nuevas maneras de habitar la ciudad, así como también nos invitan a mantener un contacto fluido con los artistas jóvenes chilenos, más allá de sus exposiciones en museos, galerías, malls, etc.

Ahora bien, es necesario detenerse en ciertas cuestiones: tenemos un grupo de talleres bastante consolidados, con académicos, artistas de gran reputación, y además, una gran presencia de artistas “jóvenes” que articulan este circuito comunal. Surge entonces la pregunta en torno a la gran popularidad de la zona y por qué como se dice en la muestra “(…) existe además en Providencia una gran tradición de talleres colectivos (…)”[1]

Querida… mira mi soledad que no me sienta nada bien.  Brevísimos comentarios al problema de las escenas de arte contemporáneo “joven”:

Como se puede rescatar a partir de la muestra, algunos de los talleres como TAV, Taller 99 o el desaparecido Taller Chucre Manzur fueron hechos respondiendo en parte a una necesidad por la experimentación de nuevos métodos de producción. Nuevas formas de desarrollo artístico con las que algunos de ellos, así con la misión de formar espacios más autónomos en relación a las instituciones, surgían como estrategias contrarias a las limitaciones que suponía 1) la  práctica artística como tal en universidades  y 2) el desarrollo y difusión teórica, ambos en el contexto de una muy represiva dictadura militar (por ejemplo, TAV y su fundación en 1974).

Hasta ahora todo está relativamente claro, pero, ¿qué pasa con los talleres surgidos en los últimos años? Sería una pérdida de tiempo seguir rondando en torno a su razón de ser, ya que estos talleres en su mayoría cumplen una función de albergar artistas luego del egreso universitario. Así también, no es menor el hecho de que algunos quienes integran estos talleres, son para las instituciones y curadores, exponentes del arte joven en Chile.[2] De modo que no son solamente refugios, sino lugares importantes para la producción de arte contemporáneo en Chile.

Ahora bien, una réplica más tentativa sería el uso de estos talleres para la conformación de escenas. Matías Allende Contador en un texto inédito (“Célula artística chilena o sobre el Taller Santa Victoria”[3]) nos da ciertas claves para entender este fenómeno. Toma el caso del Taller Santa Victoria (también parte de la muestra “Buena Compañía”)  y relata la experiencia de la “selección artificial”, es decir, nos dice que hay una cuestión bien sencilla a la hora de formar estos espacios y pseudo-colectivos: el sobrevivir. Es interesante el valor que adquieren estas categorías al ser rescatadas desde otros campos de conocimiento, ya que apelan a una experiencia que va más allá del mercado o bien de mantenerse en el circuito artístico local, sino una forma de mantener un espacio común, un cruce colaborativo de apoyo a partir de afinidades similares.

Por lo tanto vemos que estas escenas se van construyendo por dos cuestiones: las inquietudes artísticas similares (que proponen también una nociones de “estilo” a discutir) fuera de lo que significa la enseñanza artística y la motivación por seguir trabajando dentro de espacios no consolidados pero con evidente potencial. Así también podemos agregar el caso de MICH, Taller Angamos, por nombrar otros que forman parte de la muestra.

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Fotografía: Facebook Fundación Cultural de Providencia

Debo hacerlo todo con amor… Centro y periferia. Algunas condiciones para el arte.

Vemos entonces que existe un campo bastante concentrado geográficamente. Nada nuevo tratándose de Chile y su deuda con la descentralización. En este punto se hace interesante hacer un paréntesis y revisar otros efectos similares, también en el afán de constituir nuevos espacios a la hora de producir. Espacios no permanentes, por ejemplo, cortas residencias que cumplen un rol similar al de estos talleres (en tanto constituyen un proceso de producción artística definido por cuestiones externas a la experiencia individual aislada que supone el taller personal) pero desde una perspectiva más general. Estas residencias permiten que el artista se traslade e investigue en otros entornos, y así sean influenciados/inspirados por la geografía, por las comunidades, etc.

Todo este mundo, de igual forma incrementa la valoración del trabajo en el arte, o sea, en la actualidad, para la mayoría de los artistas en Chile, la forma casi más “estable” (por un año) de trabajar y al mismo tiempo explotar su obra, lamentablemente son los fondos públicos que provee el CNCA. Por lo tanto, estos concursos dan la oportunidad de aspirar a condiciones momentáneas propicias para cualquier artista, así como también los talleres que permiten generar nuevas formas de ingreso a partir de la explotación del espacio y su relación con la comunidad. Gracias a esta última idea, me permito hacer el vínculo directo con el rol que ha tenido nuestro arte frente al problema de la identidad, en el sentido que los artistas locales (que habitan geográficamente en Latinoamérica) han convivido con muchos fantasmas a la hora de serles asignadas ciertas revisiones críticas, las más radicales, que en algún momento del siglo pasado fueron definitorios para la presencia de los artistas en los circuitos exhibitivos. Estos celebraban la comunicación con las comunidades locales en las que pertenecía cada artista, como una forma de combatir la homogeneización cultural latente con la implementación de nuevos sistemas económicos.

Aunque esta visión sea muy cuestionable en tanto propone identidades culturales desde una postura bastante esencialista, quizás en la actualidad aplique como una forma de cuestionar el debate ya recurrente en torno al arte producido en países latinoamericanos. El debate sobre la naturaleza de sus obras, sobre las obligaciones morales y/o políticas de las que deben hacerse cargo, y como ya he dicho, finalmente interfieren -para bien o para mal- en su valoración. Es pertinente indicar por ejemplo, el caso de Beatriz Sarlo, citada por Nelly Richard en “Fracturas de la memoria” (2007) que nos cuenta desde su propia experiencia en los circuitos internacionales del arte (al momento de revisar trabajos audiovisuales en conjunto con otros críticos no latinoamericanos) que el arte latinoamericano casi de forma natural es propuesto a ser leído desde otros saberes como la sociología o la antropología,  disciplinas mediante las cuales se piensa su vínculo con identidades, nacionalismos, disidencias, etc., más allá de integrar otro tipo de comentarios que inviten a una reflexión ya sea a categorías formales, estéticas, o explícitamente, sobre sus sistemas de producción. En palabras simples, cuestiones que le competen desde el punto cero al crítico de arte (venga del continente que venga, por la especificidad que sugiere su práctica) y que en ocasiones se piensan como material exclusivo para individuos que provienen de los centros y que ejercen esta práctica. [4]

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Fotografía: Facebook Fundación Cultural de Providencia

Si nosotros nos hubiéramos casado… Ilustrando en bastidores y la jerarquía de los géneros contemporáneos

Para finalizar este brevísimo popurrí de ideas me gustaría agregar un punto final. Con relación a la naturaleza común de las obras aquí expuestas, y al problema del “estilo” que si bien no muestran un panorama general del arte en Chile, como ya he indicado anteriormente, en este caso interfieren al momento de establecer parámetros que permitan definir una escena contemporánea.

Nuevamente como muchos críticos latinoamericanos han dado cuenta, desde la irrupción de nuevas tecnologías en el arte, las múltiples transformaciones económicas a nivel local, así como también la irrupción de nuevos entornos para el artista gracias a los novedosos campos laborales, es que podemos, como mínimo, ampliar el espectro entendido en el cual los artistas desarrollan sus proyectos.

Con esto último me refiero a la vocación que tienen artistas jóvenes y su relación con otras técnicas que son sutilmente negadas por los espacios expositivos (por razones lógicas de mercado, publicidad, ética y definiciones artísticas en general, etc.) Me refiero a la ilustración, sea cual sea su soporte, así como también al grabado y la serigrafía, técnicas que en la actualidad proponen plataformas de creación y difusión.[5]

Estas obras bien cuestionan la naturaleza del artista  (desde un punto de vista dirigido a la inserción de éstos en la economía), del mismo modo que los ilustradores cuestionan su propia vocación. Por un lado, la ilustración, al igual que hace décadas, en la actualidad abre un espacio económico bastante tentador: ferias, editoriales, ventas de obras más “democráticas”; y por otro, aspira a representar un imaginario colectivo contemporáneo. Es decir, propone un género viable en términos económicos y del mismo modo adopta problemas de la contemporaneidad que coquetean con los discursos del arte más “valorados”. Es un estatus que en cierta medida responde a la emergencia y por otro lado a la recuperación del dibujo como espacio representativo que tiene la capacidad de resistirse a ciertos vicios con los que la internacionalización tienta. Esta actitud es adquirida por los individuos provenientes de escuelas de arte y por quienes se forman en otros programas pensados con otra función más alejada de la función artística netamente tal (ya sea facultades de diseño, comunicación, institutos profesionales, etc.)

Para finalizar con alguna posibilidad de responder algo de lo anteriormente planteado, no hay que ser tan críticos a la hora de aceptar que Providencia -siguiendo la tónica de la comuna que más noticias acapara- constituye un lugar “demandado” por los artistas de la capital. Al menos así, gracias a esto, su infraestructura puede ser aprovechada por otras cuestiones más allá del mercado puro y de explotación. Del mismo modo se presenta como un espacio amigable para el fortalecimiento de relaciones entre los artistas, la creación de colectivos, y por tanto una mayor experimentación visual de acuerdo se van integrando esta forma de trabajo a los procesos de reflexión que supone un trabajo fuera de las escuelas. La idea de un centro en donde puedan confluir imaginarios (ojo, sin caer en ingenuidades: que se integren a los desafíos generales de la actualidad y por tanto no constituyan la totalidad del campo) no se hace tan conflictiva en la medida que solo funcione como este placer de la comodidad geográfica. Pero sí, hay que tener cuidado, las ciudades a veces tientan, atrapan y ciegan, y aunque Providencia sea la comuna traidora por excelencia, siempre estará dispuesta a mostrarte una avenida de escape expedita (a menos que sea arriba de la B18 por Santa Isabel a la hora punta).

PD: Las obras son muchas, vaya con tiempo, anote los artistas que le gusten, búsquenlos en Google y atentos que probablemente pronto van a saber de ellos.


[1] Palabras del curador Cristián Silva en su texto integrado el brochure.

[2] “Arte joven” apelando al uso de este concepto en tanto cómo se piensa el arte contemporáneo y se intentan establecer escenas. De este modo es necesario recordar la existencia de lugares que apelan a este calificativo, ya sean los concursos y exposiciones anuales, así como curatorías especializadas, catálogos, etc.

[3] De igual forma el autor publica en el portal ArteyCritica.org un texto sobre el mismo taller a partir de la exposición “Menos lúmenes” en Factoría Italia realizada el mismo año (2012) http://www.arteycritica.org/criticas-de-arte/menos-lumenes-chispazos-en-la-oscuridad/

[4] En este punto sería riquísimo continuar analizando la experiencia de Galería Metropolitana en la comuna de Pedro Aguirre Cerda, pero se hace imposible por cuestiones de extensión. Pongo esta nota para que no sea invisibilizado en esta discusión y quede pendiente para futuras publicaciones sobre el tema.

[5] Se hace interesante la forma en que para la ilustración, soporte y difusión pueden ser entendidos como cuestiones en conjunto.

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