De cultura, alegorías e Instituciones.

“Por detrás de la historia atropellada de los gobiernos, de las guerras y de las hambres, se dibujan unas historias, casi inmóviles a la mirada, historias de débil declive, la historia de las vías marítimas, historias del trigo o de las minas de oro, historia de la sequía y de la irrigación, historia de la rotación de cultivos, historia del equilibrio obtenido por la especie humana, entre el hambre y la proliferación.”

M. Foucault: La arqueología del saber

La “historia occidental” podemos revisarla como una “historia de las instituciones”; esto debido a que la articulación tanto del pensamiento como de la propia condición de existencia del sujeto, se ha basado en la construcción de aparatos (bajo una subjetividad operante que le otorga su condición de facticidad) que establecen determinismos de orden para el individuo. En este sentido podemos apreciar cómo todo “orden” de cosas intenta legitimarse por medio de una institución; la institución del arte, de la lengua, del mercado, la filosófica, la política, etc. Estas instituciones se condensan por medio de una condición de pre-existencia material, es decir, se incorporan al extracto social por medio de compuestos alegóricos que convencionalmente son aceptados y validados por estructuras de poder.

Sin entrar en una crítica con la posible validez o no de aquellas (aún cuando dicha validez estaría dada ontológicamente por su condición matérica pre-existente), podemos analizar su comportamiento como esfera de condicionamiento social[1], esto quiere decir, la forma en que desde una perspectiva consensuada -filosofía de política contractualista- o a partir del acontecer fáctico de poder, las instituciones operan y se integran, desde cierta lógica materialista, el acto de dominación sobre la condición o estado ya sea del sujeto o la sociedad. La imposición de condicionamientos sintomáticos[2] involucra un carácter disponible por parte del individuo y por ende en la sociedad a aceptar dicho ordenamiento jerárquico. Un ejemplo de lo anterior lo podemos percibir en la mayor institución fáctica existente: “el sistema de gobierno”; los procesos de validación de la democracia participativa se relacionan con supuestos de participación ciudadana en una elección (caso convencional); sin embargo éstos, muchas veces, se comportan de acuerdo a los consensos de determinados sectores de poder, que acompañado en el caso actual por el letargo y “la apatía”[3] pública frente a temas de ejecución política hacen acomodaticio el desempeño impune de instituciones represivas. El sujeto moderno comienza, de esta forma, a desplazar[4] -según Castoriadis- su carácter autónomo con el cual teóricamente se relaciona con el poder; la institución, de esta forma, se convierte en la mediatización de un condicionamiento alegórico de subyugación y recesión del individuo, colectivizándolo en virtud de los “consensos del bien común”, aun cuando éstos muchas veces no contemplen ni siquiera la voluntad de las mayorías[5]. La voluntad se presenta, de esta forma, como un “compromiso fáctico” con capacidad de operar condicionantemente sobre el sujeto. Las instituciones de esta manera controlan el tránsito de los individuos por el cauce del artificio social, insertándolos en espacios que se componen justamente de otras instituciones que en forma rizomática se estructuran como una red de inserción y dominación.

Para el arte, la conquista de su autonomía se vislumbró como el paso a su propia institucionalización, un fenómeno que el propio Hegel dará cuenta, cuando el arte manifestado como verdad resulta ser “cosa del pasado”. La institución del arte es el gradual posicionamiento de su dimensión estética en la modernidad; una función estético-disciplinar. La imagen a partir del siglo XVIII, deja de ser la orgánica simbólica en una condición de existencia y pasa a través de su significación a reflejar su propio discurso, pensante de su autonomía (y que hoy se encuentra constituido como una “esfera autónoma”). El universo semántico del arte pasa a estructurarse a partir de sus propias operaciones y no por la condición semántica de sí mismo.

Ahora bien, si la reflexión se dirige sobre el control y alienación de la autonomía de los sujetos por medio de la articulación institucional, ¿de quién será aquella siniestra mano que somete a los individuos a este tránsito? La respuesta parece ser más compleja aún, y nos conduce por intrincados recovecos de corte esencialmente ideológicos. La composición de la trama institucional se puede considerar desarrollándose sobre la base de una funcionalidad pragmática de la sociedad como red compleja de concentración simbólica. Lo anterior, por ejemplo, es representable mediante la necesidad -hoy en día cada vez más impulsiva- por el consumo de signos del mercado; la volatilidad de las modas; la saturación de la imagen en busca de la gratificación del placer; los estereotipos de un mercado publicitario, etc.; todos estos espacios podrían ser fácilmente prisiones que establecen los lineamientos de comportamientos de las instituciones. Es así como el establecimiento educacional (colegio, instituto o universidad) se vuelve un espacio reproductor de la contingencia institucional, al adaptarse dócilmente a aquellos emblemas que la economía del capital y los mass media incorporan como modelos. “Hay -escribe Castoriadis- (una) desfuncionalización de la representación y desfuncionalización del placer: para el ser humano, el placer ya no es simplemente como para el animal, el signo de lo que hay que buscar y de lo que hay que evitar, se ha convertido en un fin mismo, incluso cuando es contrario a la conservación del individuo y/o especie”[6].  En una sociedad donde prima la economía del signo, el sentido de la institución se transforma ya no en un fin al cual hay que respetar y subordinarse, sino en un reflejo de ella misma en el estatus del medio, por lo tanto, se representa a través de una red simbólica de sentido; la imagen de la diosa Themis sosteniendo la balanza se encuentra anclada a las afueras de los tribunales de justicia como un “fantasma” de la representación institucional, mientras se reclama por los medios de comunicación la denuncia de su ineficiencia. Ese reclamo, publicación, reportaje televisivo o radial, es hoy por hoy la consolidación del desplazamiento hacia la ausencia de la justicia en sí misma, es decir, sólo se la observa en la medida en que actúa, sin mirar “hacia donde actúa”, transformando su condición en un canal efímero, limitado y anestesiante.

Mientras el arte alcanza su autonomía discursiva en la distancia simbólica con el relato tradicional (mitológico o bíblico), de forma paralela la modernidad se encarga de generar estructuras político-institucionales para organizar y sustentar el siglo XVIII, mediante construcciones como el museo, el salón o la crítica de arte. La autonomía estética alcanzada se acodará beneficiosamente de la nueva estructura, la asumirá y la hará parte de su discurso, llegando incluso -como ya lo propondrá la “vanguardia heroica” en el siglo XX- a estados de lucha, utilizando como recurso la descontextualización de los propios medios del consistente capitalismo.

Esta suspensión de una lógica estética apuntará sus dardos directamente al propio aparato institucional; esta será una constante en el siglo XX, tanto que hasta los movimientos de la post-vanguardia, quienes ya comprenderán, reteritorrializarán y asimilarán como propios la construcción crítica de la post-modernidad, se nutrirán de los propios dispositivos del establecimiento institucional de la cultura para producir desplazamientos frontales al mercado, la política y la institución del arte, basamentos del cual dependen y son parte.

¿Es éste un sentido funcional que afecta al discurso y la realidad? Cierta respuesta la podemos encontrar por medio de la propia dimensión alegórica de la cultura. Tiene que ver con el cerco que genera la propia postmodernidad, induciendo al sujeto a reconocer los modelos institucionales, sobre los cuales la producción de arte cimenta su ejercicio.

Para Baudrillard[7], los efectos del simulacro se efectúan por medio de estructuras fundamentalmente externas a su propio modelo; es por ello que el concepto de hiperrealidad en Baudrillard podría acercarnos a la relación entre arte -institución- simulacro. Ahora, esta tríada está dada por una construcción que muchas veces anestesia a los propios puntos de conexión y a sus agentes, siendo todos ellos esencias de un mismo prototipo cultural, lo que puede motivarnos la siguiente pregunta, ¿cómo se entiende la posibilidad de un estado cultural concreto y representativo?

La institución cultural en Chile refuerza una condición que es expedita a todos los sectores de la sociedad: la economía, la política, la ciencia y el arte; siendo este último el eslabón final que debe encargarse de integrar y consagrar la constitución alegórica de la sociedad del capital. Ésta se tiende a escapar de su eje integrador principalmente por dos motivos:

1. La condición propia de la modernidad como impulsora de una génesis positivista-ilustrada y constituida bajo el sello republicano integrará mucho más armónicamente a los tres estados configuradores de la sociedad (ciencia, política y economía) en un proyecto común. El arte como parte activa dentro de este proyecto debe constituirse autónomamente en discurso, el cual se radicalizará por una parte en su sello propagandístico y en otro en un espacio de crítica y autorreferencia, el cual seguirá siendo la tónica hasta nuestros días[8]

2. El arte como efecto alegórico de una sociedad tecnológicamente productiva, en la cual el progreso de la ciencia (aparición de la fotografía y el cine) establecen un punto decisivo en la producción y lectura de la imagen. Dinámicas productivas que serán un complejo descalce principalmente para la pintura (Benjamin, 1936). Por su parte la escultura recibe la gentileza de un desarrollo técnico-científico, que auspiciado por el gesto duchiampiano, dislocará la noble tradición de escultura sustituyendo su espacio por objetos en serie, llevando la constitución a obras que se debaten entre el paisaje y la arquitectura, descontruyendo el límite entre las prácticas artísticas y la actividad cultural (Krauss, 1978).

Relacionando lo anterior, la hiperrealidad en Baudrillard será parte del compuesto ampliado de la saturación de una cultura de la imagen, fenómeno mejor planteado hoy en día por conceptos como “virtualidad” e “interactividad”. La inconsistencia de la imagen real busca desencadenar un factor de sobre consumo en el sujeto, una obesidad destinada a sobrepasar la propia realidad constituida como soporte material. Es así como ya no bastará con la simple complicidad de una imagen violenta o erótica, sino que el sujeto buscará incansablemente encontrar en ellas el límite más allá del límite, lo real más allá de lo real. Ya no será solamente la imagen de la guerra, el acto violento o la catástrofe, sino el acontecimiento brutal, descarnado, transmitido en directo con la mayor inmediatez por los medios de información. Por su parte el erotismo no alcanzará para saciar la pulsión más básica del sujeto y lo llevará a buscar la pornografía más animal y evidente. ¿Ausencia de consistencia y búsqueda de aquello inconcluso en la construcción “real” configurada por la institución, llámese jurídica, política, cultural o comunicacional?

– CONTRA FACTA NON VALET ARGUMENTA –

“…lo imaginario de lo que hablo no es imagen de. Es creación incesante y esencialmente indeterminada (social-histórico y psíquico) de figuras, formas, imágenes, a partir de las cuales solamente puede tratarse de “alguna cosa”. Lo que llamamos “realidad” y “racionalidad” son obras de ello…”

Cornelius Castoriadis

La sociedad actual se mira a sí misma hoy como un auspicioso porvenir en un género de idas y venidas de capitales, flujos de información a través de bandas anchas, mega bit y píxeles. Los países comienzan a depender unos de otros como bien lo hace una cadena de supermercados o de comida rápida; las clases medias en los países que comienzan a ver la bondadosa luz de la globalización y la levedad de aquella estabilidad macroeconómica (como es el caso de nuestro país) que favorece el fluido tránsito de bienes y productos finales de manera veloz y feroz, para cubrir las ya numerosas necesidades existentes. De este modo, los objetos (y me refiero a su signo y su materialidad) comienzan a reflejarse en un ámbito de natural evaporización por su consumo necesario y por aquella enfermiza necesidad de obtener sus beneficios a costa de su volátil destrucción; es así como la imagen comienza a fugarse y se desintegra con más rapidez que su construcción. ¿Es acaso esto un síntoma de la cultura de la destrucción? Si consideramos que el consumo llega a manifestarse de manera condensada en la imagen, quiere decir que activamos un dispositivo que reconoce ya casi de manera inconsciente la necesidad de generar los agentes requeridos para la reproducción de sí misma. Un ejemplo de esto lo podemos reconocer en el cine; es muy común hoy ver que las películas con más taquilla resultan ser aquellas que cautivan al espectador no sólo con el discurso de su contenido (muchas veces sobrepasado), sino con la cantidad de “información volátil” que se pueda procesar por segundo, es así como mientras más balas reciba el villano, más meteoritos o más vehículos a gran velocidad puedan ser destruidos, incrementará la alucinación del espectador.

Similares estímulos visuales fueron ya producidos en la célebre película de Stanley Kubrick La naranja mecánica de 1971, en la que el protagonista Alexander de Large, era sometido y forzado a recibir imágenes que impactaban casi táctilmente su retina, mediante un instrumento metálico que lo obligaba a mantener los ojos abiertos, siendo éstos lubricados mediante gotas. Esta escena de la imagen torturadora nos hace reflexionar sobre las condiciones que ella genera en las sociedades de hoy. Todo el dilema está en esto: o bien la simulación es irreversible y no hay más que un simulacro constante, o existe una condición de realidad que pueda superar el estado lisérgico en el cual el sujeto habita sus apariencias y fantasmas. Es que acaso hemos llegado a un estado de banalidad absoluta, una obscenidad de todos los días, el nihilismo definitivo y del cual nos preparamos para una repetición insensata de todas nuestras formas de cultura en espera de un nuevo acontecimiento imprevisible ¿de dónde podría venir?; o bien hay por lo menos una ciencia o un arte de la simulación, una cualidad irónica que resucita cada vez en las apariencias del mundo para destruirlas[9]. La situación generada de la dependencia de estructuras de pensamiento o modos de conducta, está en directa relación con la forma de concebir determinados actos, los que son a su vez incorporados por ciertos grupos, como una especie de realidad inmanente. Es decir, que desarrollan determinados códigos conceptuales[10] los cuales determinan conductas o acciones modeladas de forma tal que se constituyen posteriormente en lineamientos cognitivos. Esto último se relaciona con la aceptación de acciones que se pueden asignar por determinado grupo humano como “normales”, y que no necesariamente son productos de “normalidad” para otra agrupación. Lo anterior, a su vez, se relaciona de manera mucho más amplia con las variables culturales que se establecen en la dinámica o interacción de los sujetos; esta dinámica una vez incorporada como códigos[11] se desestructura desde su plataforma inicial y comulga de forma directa con lo que comúnmente se conoce como “hábito”. “Una determinada organización de la economía, tal sistema de derecho, un poder instituido, una religión, existen socialmente como sistemas simbólicos sancionados. Estos consisten en atribuir a determinados símbolos (a determinados significantes) unos significados (representaciones, órdenes…) y en hacerlos valer como tales, es decir, hacer de este vínculo algo más o menos forzado para la sociedad o el grupo considerado”[12]. La simbología institucional es para Castoriadis, un estado representacional de contextos tensionantes para el sujeto que habita en ellos, esto en función de la cercanía o distancia que construya del propio modelo institucional, es decir, la imagen de ella.

Así mismo, los procesos de desmaterialización de la imagen concurren desarrollándose a nivel social como “vapores espontáneos” de la propia condición del capital. Lo efímero de una pantalla es un reflejo de los procesos neuróticos del poder congregado en una aceptación de transacciones de materias, bienes, productos y hasta de la vida misma. Sobre esa articulación de levedad en que se constituye el ser hoy en día, una de las principales tensiones para la construcción social es la asimilación de dicho proceso como un validador y contralor de las diversas formas de socialización de la educación, instruyendo en la generación de procesos cognitivos y formalidades del rigor científico, expandiendo la mente a través del cada día menos valorado -para nuestro sistema educacional- rigor crítico de las asignaturas de estudio artístico[13], y entregando principios y valores necesarios para la convivencia social. Siguiendo el anterior razonamiento, la escuela es el eslabón que valida dicha socialización, puede ser considerada incluso como la productora responsable de las fuentes de conocimiento y de la conducta de los nuevos integrantes sociales.

La imagen ya no es el medio sino que el fin, y esto lo podemos graficar diariamente en los “medios” de prensa escrita, audiovisuales y digitales, los que fácilmente generan de un acontecimiento informativo de dudosa importancia, el fin último que estipula la opinión pública; por su parte, la moda es otro elemento relacionado que transforma un objeto, una persona (personaje o caracterización de ella) en un deseo, incluso llegando a niveles insospechados de pulsión por la satisfacción que da su posesión[14]. El sistema educativo no está ajeno a dicho proceso “global”; mientras cada vez son más los estudiantes que pueden acceder a la educación, tanto básica como media y universitaria, las cifras de desempleo en el país mejoran en pequeñas décimas y en este sentido podemos verificar la consolidación del síndrome del “cesante ilustrado”, que confirma la importancia del paso por una universidad o instituto de formación técnica con el fin de “ser alguien” en la vida. Esta representación del concepto existencial que se ha forjado en el imaginario colectivo nos indica que la condición de logro se supedita a un estudio universitario aun cuando éste no ayude a llegar a las metas propuestas (idea o imagen de logro), enlodándose en la realidad laboral del país (sobre-demanda de carreras, falta de inserción laboral juvenil, mayor oferta de determinadas carreras en desmedro de otras, “el fenómeno de la carrera de pizarrón”, menor nivel de exigencia académica, etc.).

Es así como el ideal de logro o de superación, paradójicamente “supera” en gran parte de los casos el propio ejercicio profesional. Ahora bien, esta imagen de respuesta a las variables sociales que determinan las conductas, nos transportan al soporte del hábito insertado en los primeros senderos de la instrucción escolar. Un ejemplo concreto de los anterior es la curiosa situación de las “escuelas de arte” hoy en día; mientras se tiende a estancar la extensión curricular (tanto en horas como contenidos) de la educación artística en la enseñanza media, se abren cada año más y más escuelas de arte en universidades privadas. Se extienden, renuevan y actualizan los planes curriculares de dichas carreras. Se amplía la oferta de postgrados a nivel nacional y se facilitan los accesos a residencias de estudios dentro y fuera del país. Por un lado podemos comprender la existencia de un impulso estatal mediante la asignación de fondos -principalmente el FONDART- que ha concentrado el esfuerzo de muchos creadores, artistas e investigadores, en relación a adecuar su proceso de trabajo a la estructura propia de un fondo como el mencionado; por otro lado, la entrada en vigencia de la llamada “Ley Valdés” ha sido un impulsor para que la empresa privada apoye y se haga partícipe en actividades culturales. Pero, ¿serán solamente éstas las causales de una mayor oferta, del sector privado principalmente, para la apertura de “escuelas de arte”? ¿O es que acaso la “Reforma Educacional” ha sabido estructurar adecuadamente los planes y programas del sector curricular para que “exista una real demanda vocacional por estudiar carreras artísticas”? Las posibles respuestas nos pueden llevar a una confusión mayor. Lo que sí podemos afirmar con cierta certeza es que las universidades privadas han encontrado un nicho clave en la enseñanza superior de las artes; ya más allá de los cimientos de antaño de instalar una “institución” republicana como la Academia de Bellas Artes, es hoy por hoy para algunas entidades un muy rentable negocio que mueve además de la inserción de potenciales estudiantes, una “imagen” de extensión cultural, que fortalece y lustra el ejercicio de su institución.

Un interesante fenómeno se genera una vez recuperada la democracia en nuestro país al reinstalar el aparato democrático-institucional, considerando la cultura uno de los motores básicos para reconstituir un nuevo sentido de país. Es así como la División de Cultura del Ministerio de Educación se hace responsable del cuidado y fomento de la cultura, pero dejando en claro la necesidad de constituir un campo propio para el sector -en este sentido no dependiente de un ministerio como Educación-. Es que la cultura ha sido un espacio complejo para formular la institucionalidad en nuestro propio país, ya es facto el que uno de los últimos bastiones que el Estado chileno haya obtenido es justamente la institución cultural[15]; debiendo estudiarse por diez años y en dos comisiones su consistencia modelativa, entregándose para ello dos contundentes informes de las llamadas comisiones, la encabezada por Manuel Antonio Garretón en 1991 y la coordinada por Milan Ivelic en 1996, entregando el documento (que evidenciaba en forma rotunda la crisis histórica que hasta ese momento se acarreaba) llamado: “Chile está en deuda con la cultura”.

Queda por consignar que la propia lógica del poder ha establecido que el ex presidente Ricardo Lagos, llamara en su momento a que tanto las otras instituciones como los medios “dejarán que las instituciones funcionen”. Sin embargo, el punto, no es que no funcionen,sino que “han funcionado” como efecto propio y colateral de una hiperrealidad que se ha constituido por el capitalismo en el aparato social; en este sentido nuestra institución cultural, que ha sido la última en integrarse a la red del medio es hoy por hoy un agente activo más, de la lógica mediática y si no la más mediática, de esta herencia cargada de buenas intenciones, fantasmas e ilusiones.

Santiago, Mayo del 2006.

Escrito por Sebastián Vidal.


[1] Ver Foucault, Michel. Microfísica del poder. Ediciones La Piqueta, 1992, Madrid, España.

[2] Todo condicionamiento no se devela como tal en sí mismo -en su práctica condicionante- sino por medio de la conducta resulta del sujeto, y éste es precisamente su síntoma.

[3] Ver Lipovetsky, Gilles. La Era del vacío – Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Edit. Anagrama. Con relación a la apatía “New Look”.

[4] Podemos comprender como “institución represiva” a determinados aparatos coercitivos no fundados en una violencia física. Se trata de una condición de la represión existente en la era de la globalización capitalista, aquella que se funda en opresiones financieras, publicitarias y laborales; una esclavitud contemporánea en la cual el sujeto postmoderno debe interactuar de manera forzosa e indeterminada.

[5] Un ejemplo contingente de lo anterior lo demuestra el disenso de Estados Unidos a firmar el acuerdo del Protocolo de Kioto (en contra del común apoyo mundial sobre el calentamiento global) sobre medioambiente y las emisiones de CO2.

[6] 6 Castoriadis, Cornelius. Figuras de lo pensable. Editorial Frónesi Cátedra, pp. 120.

[7] 7 Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Edit. Kairós, séptima edición marzo 2005,

Barcelona, España.

[8] Ya conocida es la diferencia entre un arte oficial y divergente; ejemplos en la historia del arte abundan, sin embargo, uno de los más emblemáticos ocurre en el “Salón de refusés de 1863”, en el cual Manet y otros artistas, al ser rechazadas sus obras del Salón oficial, producen su propio espacio independiente, lugar en que el propio artista expondrá una de sus obras más polémicas y significativas en la historia del arte: “Le dejeneur sur l’herbe”.

[9] Ver Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro, Edit. Kairós, 1998. Barcelona, España.

[10] “La ceguera ante lasdesigualdades sociales obliga y autoriza a explicar todas las desigualdades, especialmente en materia de éxito escolar, como desigualdades naturales, desigualdades de dotes. Semejante actitud está implícita en la lógica de un sistema que, por reposar en un postulado de igualdad formal de todos los alumnos -postulado que es condición previa de su funcionamiento- está incapacitado para reconocer otras desigualdades que las que provienen de las dotes individuales”. (Bourdieu y Passeron, 1973, 101). Los estudiantes y la cultura. Labor, Buenos Aires, 1973.

[11] Bourdieu, Op. Cit

[12] Castoriadis Cornelius, La institución imaginaria de la sociedad, 1975.

[13] Me refiero con ello a la relación existente entre las pocas horas pedagógicas asignadas este sector curricular en relación a otros.

[14] Ya es un hecho en nuestro país, la inserción categórica de un tipo de prensa amarillista y dedicada a la farándula, como hábito y condición mediática. Lo que algunos psicólogos han denominado como una especie de proyección sintomática de éxitos y frustraciones individuales a modelos estereotipados de una cultura popular y expuesta por los mass media.

[15] La ley 19.891 creo el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) y fue aprobada en junio del 2003 y promulgada el 31 de julio del mismo año por el ex presidente Ricardo Lagos. El 23 de agosto fue publicada en el Diario Oficial.

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