Demasiado impecable y demasiado kitsch. Sobre “Wonderland” de Bruna Truffa y Rodrigo Cabezas en el MAVI

 

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Bruna Truffa. Fuente: www.aboutsantiago.cl


 


por Diego Maureira

 

El arte serio no se caracteriza por ser amigable. Es agresivo, rígido, injusto, amargo, reacio. Siempre hay confusiones al respecto. ¿Tomar en serio al arte es sinónimo de hacer arte serio? En otros tiempos, la actitud severa de ciertas obras respondió a grandes asuntos históricos o a importantes renovaciones formales. Pero, ¿qué justifica actualmente la seriedad en un arte sin contexto ni límites por transgredir?

Tanto autismo conceptual, tanto compromiso con el escombro, tanto pedacito sobrepuesto, tanta biografía. ¿Por qué nos tendría que importar? El mundo del arte es una nave sin piloto en la que todos son invitados. No está mal. Es placentero andar de paseo. Pero cuál es el punto de encuentro con el mundo exterior. La seriedad fomenta la indiferencia. ¿Será útil en algún sentido? Sobre todo si tenemos presente que ningún artista trasciende siguiendo las normas al pie de la letra.

La seriedad sin contexto solo lanza al mercado obras livianas, prescindibles. Proyectar respetabilidad como artista no significa anular el humor hasta la última pizca. El humor no equivale a falta de seriedad. De hecho, es probablemente la faceta más fértil e influyente del arte desde los inicios del siglo pasado. En Chile, las excepciones son elocuentes. La distensión, hilaridad o ironía en el arte han convertido a sus escasos representantes en verdaderas islas de nuestra historia reciente, incluso cuando su entorno se caracterizó por actitudes eminentemente programáticas. Dos nombres son ineludibles: Juan Pablo Langlois y Juan Domingo Dávila. Inclasificables, anacrónicos, las simples o extrapoladas formas de humor de ambos artistas han sido correlativas a complejas preguntas sobre los soportes del arte (en ambos casos, también es latente una importante confabulación con el erotismo). Langlois y Dávila marcaron una diferencia categórica. Uno respecto al arte geométrico, informalista y objetual –incipiente aún– de finales de los 60, y otro respecto a la rigidez de los géneros, discursos y valores del arte de los 70. Como sabemos, ninguno de ellos dejará de provocar escándalos en las décadas subsiguientes.

Sin embargo, no son los únicos nombres a destacar. En los 80 un grupo de artistas alborotó la rectitud que se había asentado en el circuito local. “Enemigo público” (1985), “La moda mata” (1986) y “Mi nombre es legión” (1988) fueron muestras que no se ajustaron a la gélida y acorazada escena neovanguardista chilena, ni al desenfadado expresionismo de los pintores universitarios. Ambos carecían de una relación fluida con la cultura de masas. Los “new wave”, en cambio, la tomaron como su fuente de inspiración. Artistas como Roberto Di Girolamo, Pablo Barrenechea, Sebastián Leyton, Rodrigo Cabezas y Bruna Truffa restaron densidad, coherencia política e individualismo hedonista al arte de los últimos años de la dictadura. Pero no fue una propuesta vacía. La utilización de signos provenientes de la cultura de masas implica siempre un comentario sobre aspectos estéticos internalizados por la sociedad. Imágenes de consumo que las personas han hecho suyas de manera consciente o inconsciente. Esta no fue una reflexión menor para los artistas ingleses de mediados del siglo XX (Independent Group), ni posteriormente para los Situacionistas, más estoicos en su análisis del avance del capitalismo.

 

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Rodrigo Cabezas. Fuente: www.aboutsantiago.cl

 

El citado grupo de artistas chilenos no sentía ningún recelo por la figura del artista como estrella, capaz de imponer una moda o de abrir una nueva vertiente estética, más trivial, en el arte capitalino. Sus obras fueron colectivas y cruzaban materiales y disciplinas dispares, como la entonces insoluble combinación entre pintura y arte objetual. Leyton, Cabezas, Truffa, no respondían a mensajes encriptados. Tampoco a deseos o asuntos personales canalizados frente a un caballete. El color era relevante para ellos por su intensidad, al igual que las representaciones del imaginario colectivo y los objetos emanados de la producción industrial. Se trataba de obras mestizas, tercermundistas, que integraban la producción masiva y determinados universos americanos, aquella iconografía que identifica visualmente a nuestro continente.

Las obras que Bruna Truffa y Rodrigo Cabezas exhiben actualmente en el Museo de Artes Visuales (MAVI) conservan esa predilección por pensar la visualidad a través de la cultura de masas. El pánico experimentado por algunos críticos conservadores frente a la arremetida del decadente mundo serial, en la década de los 50, también era un temor a la risa absurda y grosera de quienes traían consigo estas mercancías. La alta cultura se desmoronaba ante a sus ojos, junto a toda la tradición moderna del arte. En Chile, las cosas se dieron de manera dispar. Y la impronta desprejuiciada que tuvieron en común Truffa y Cabezas, presente desde sus inicios –Truffa y Cabezas trabajaron un largo periodo como dupla–, es reconocible hasta la actualidad. Solo basta con dar un vistazo a la presente muestra del MAVI.

En esta ocasión, los artistas exponen su trabajo individual y una selección de obras realizadas en conjunto para la versión actualizada del libro de Sonia Montecino Mitos de Chile (Catalonia, 2015). Estas últimas son ilustraciones elaboradas manualmente, que se desprenden de las letras del abecedario, revestidas de elementos representativos del ámbito folclórico y natural de Chile. Todos estos caracteres forman la palabra “Wonderland”, que es el título de la exposición. Por su parte, las obras individuales se mueven en órbitas diferentes y exigen un análisis específico.

Las pinturas de Bruna Truffa no son pinturas, cabe precisar, sino cuadros. Cuadros en el sentido más corpóreo y concreto del término. La artista incluso los realiza en relieve, haciendo que sobresalgan unos cuantos centímetros más de lo habitual. Sus imágenes, hechas de manera manual, minuciosa, son de un peso visual enteramente insignificante. Si se tratara de un collage e intentáramos descubrir el contrapunto que producen los recortes yuxtapuestos, el contraste aquí estaría dado por la mano absolutamente prolija de la artista y el imaginario que retrata, uno totalmente suplementario y extravagante. El cuadro no se ordena en base a una composición. Todo es ornamento. No hay un centro: en eso consiste la obra de Truffa. Cada cuadro dispuesto en los muros es sustituible. Su gesto es diametralmente opuesto a los intereses de la pintura –la pintura seria–. La importancia continúa en el objeto. No hay símbolos ni relatos: las representaciones y paisajes del mundo oriental están allí para rellenar.

 

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Rodrigo Cabezas. Fuente: www.aboutsantiago.cl

 

En el caso de Rodrigo Cabezas, su propuesta apunta a un problema parecido. Pero aquí la obra nace desde un polo opuesto. No desde la mano, sino desde un proceso completamente técnico. Es la impresión digital de imágenes que luego serán retocadas por el artista. El tópico general es el Test de Rorschach, imposible de disociar de la tradición pictórica del arte (donde Jackson Pollock e Yves Klein encarnarían su culminación). Se trata de una apariencia expresiva que no es del todo real. Estas imágenes digitales de Cabezas contienen referentes del mundo animal y natural, y destacan por un colorido exagerado. Son representaciones caleidoscópicas contaminadas con brochazos, chorreos y manchones de spray. El resultado hace difícil determinar a ciencia cierta qué forma parte de la impresión digital y qué fue pintado por la mano del artista. Al igual que en la obra de Truffa, estos collages encuentran su valor en la falta de compromiso con una actividad inherentemente pictórica. Una creación que dispute su calidad dentro del limitado escenario del color y la tela. En ambas obras, la tradición de la pintura es desdeñada, omitida, desestimada. Se trata de obras intercambiables, incluso desechables.

Bruna Truffa ha comentado en una sus últimas entrevistas: «lo típico que me dicen es: “¡Ay! Me encantan tus cosas, pero no sabría dónde ponerlas”». No todas las piezas de arte tienen la capacidad de incomodar así. Hay que sospechar de las obras que se adaptan dócilmente a los esquemas. Los cuadros de Truffa son demasiado impecables para decorar un restaurant chino o una consulta de acupuntura, y demasiado kitsch para adornar el salón de algún aficionado al buen gusto. En el caso de Cabezas, su propuesta abusa de la condición de producto. Podríamos tener miles de sus cuadros y cambiarlos a nuestro antojo, deshacernos de unos, reemplazarlos, buscar el que combine mejor, como si se tratara de aquellos artículos hechos para ambientar espacios interiores, comunes en tiendas de decoración. “Wonderland” no nos cuenta historias personales de caprichos faltos en signos. Tampoco anuncia un contenido revelador. Su soltura, reticente a las exigencias del arte profesional, discute de manera holgada cuestiones ligadas a los imaginarios colectivos y a los géneros de las artes visuales. Es una muestra que entusiasma y seduce. El humor, después de todo, es un principio de placer. Una negación la realidad.

 

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Bruna Truffa. Fuente: www.aboutsantiago.cl

 

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