Erich Auerbach – Walter Benjamin: Correspondencia


Erich Auerbach – Walter Benjamin: Correspondencia

(Raúl Rodríguez Freire, Ed. Catálogo Libros, Viña del mar, 2014, 68 pp.)


                                                                                                                             Por Fernando García

Auerbach Benjamin - Correspondencia

Hace poco más de un mes, Catálogo Libros, conocida en Santiago por ser una escurridiza librería viñamarina cuyos dueños -cual mensajeros- viajan a la capital una vez por semana distribuyendo encargos, lanzó su primera publicación como editorial independiente. Este libro, que inicia también la Colección Conjeturas de la misma editorial, reúne seis cartas intercambiadas por Erich Auerbach y Walter Benjamin entre 1935 y 1937, las cuales trazan fragmentariamente el periplo vital y geográfico de ambos intelectuales alemanes durante su exilio.

           Cuidadosamente prologado, traducido y anotado por Raúl Rodríguez Freire, este pequeño libro de no más de 70 páginas, cómodo formato y bello diseño, se nos presenta como un material de múltiples lecturas que se abre, a la vez, y si seguimos la idea de la colección, a múltiples conjeturas.

           En principio, nos encontramos ante un fidedigno testimonio de una amistad entre dos de los intelectuales más leídos y comentados en la actualidad. Uno, Auerbach, remitente en Roma, luego en Florencia y finalmente en Estambul; el otro, Benjamin, remitente en París; cada cual en su propio camino pero atento al destino dispar del otro luego del triunfo del nazismo que los obliga, en su condición de judíos, a emigrar de Alemania. Las cartas, en ese sentido, funcionan como indicios de la experiencia particular de cada uno en el exilio, cuya soledad y tragedia logran mitigar en la medida de que con ellas (las cartas) se comprueba que el compañerismo, tanto amistoso como intelectual, es todavía posible.

           Pero aún más, los datos que se desprenden de este libro logran retratar no sólo sus experiencias particulares y la amistad que las toca, sino también el panorama general en el cual muchos otros escritores, artistas e intelectuales alemanes se vieron involucrados. Es así como el libro va tejiendo una constelación que se sirve de las cartas, pero que se maximiza mediante el prólogo del traductor y el amplio abanico de notas que dispone, permitiendo un juego de fragmentaciones, digresiones y lecturas paralelas que bien pueden transitarse de distintas maneras. Así, entonces, van apareciendo personajes y comentarios que se vuelven inesperadamente relevantes, tales como Ernst Bloch o la nota sobre la acogida del libro Alemanes de Benjamin, el cual da cuenta de una cultura humanista que para entonces, así como su tierra patria, no es más que un fantasma.

           En honor al libro, me permito ahora una pequeña digresión: hace un tiempo, una amiga estudiante de arte realizó un trabajo en torno a los códigos institucionales del Correo. Una de las cosas que le llamaba la atención es cómo se ha visto perjudicada la demanda de mensajería ante el creciente desarrollo de la interconectividad, cuestión que, ella decía, tal vez no hará que dicho servicio desaparezca del Correo, pero sí al menos que se transforme en algo así como un “apéndice inútil” o, al decir de Benjamin, en una ruina viviente de una forma de experiencia pasada. A ella le interesaba rescatar la experiencia material de redactar, sellar y remitir una carta, por lo que filmó a una jubilada profesora de secretariado comercial, quien explica paso a paso el procedimiento con todas sus formalidades.

           Volviendo: este libro, por último, puede considerarse también como un testimonio de una época en que la redacción e intercambio de cartas tenía un lugar central dentro de la experiencia de vida. Rodríguez lo sabe y consciente del valor del material-carta, no descarta agregar las notas o garabatos azarosos que Benjamin escribía sobre ellas, por más que estas notas sólo nos informen de la llaneza alimenticia del alemán: “6 huevos”, “2 latas de sardinas” o “1 pan”. Porque, como dice el prólogo, estas cartas “operan con la potencia de un anacronismo que se levanta contra el fin de la experiencia de escribir cartas”.

           Y me atrevería a decir que es sobre todo eso lo que hace de este un bello libro.

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