Federico Galende: “El lugar de la transferencia vertical que ha estado resguardado por la universidad y la institucionalidad hoy en día está desbordado”


Federico Galende: “El lugar de la transferencia vertical que ha estado resguardado por la universidad y la institucionalidad hoy en día está desbordado”


Por Fernando García.

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Federico Galende. Fotografía ©Andrés Larraín.

Sin duda, el año 2013 fue particularmente agitado para Federico Galende. A sus habituales tareas como investigador y ponencista, además de los libros publicados, habría que sumarle el hecho de ser nombrado como nuevo Director del Departamento de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile, rol que desde octubre del 2013 está desempeñando.

Conocido entre los estudiantes de la licenciatura de Teoría e Historia del arte por sus cursos de “Obra y Discurso” y “Sociología del arte”, en los que, entre otros, introduce a la lectura de Walter Benjamin y Rancière, es valorado también por su particular disposición al diálogo. No es extraño, por lo mismo, encontrarlo por ahí en algún pasillo lúgubre de la escuela animando alguna conversación. Eso sí, siendo director del departamento, sus constantes recorridos parecieran haber encontrado un paradero fijo: su oficina. Fue justamente ahí donde nos reunimos en enero de este año y dimos pie a esta entrevista, en la que se explaya acerca de la relación entre el arte y la política, da su visión sobre una teoría de potencial “performático” y discute el lugar de lo público, el arte y sus instituciones, en miras de una práctica emancipadora.

-F. García: Leyendo algunos de tus libros y habiendo participado de varios de tus cursos, resulta natural constatar el empeño con el que intentas obtener un rendimiento político a partir de la reflexión estética o del pensamiento visual en general, y lo mismo podría decirse al revés, cómo también intentas sacar conclusiones productivas en torno a la práctica artística a partir de la reflexión política ¿Te parece, en ese sentido, que ambas prácticas forman parte de un entramado indisociable?

-Federico Galende: Ahí hay muchos elementos que convergen. Mi ingreso a esa reflexión tiene que ver con que durante muchos años, cuando llegué a Chile, sin tener muchas noticias acerca de la producción artística local, noté inmediatamente que una de la tradiciones disciplinarias más ricas para pensar problemas asociados a la experimentación, la resistencia, la crítica, los desplazamiento, los márgenes, etc., durante la dictadura, era el arte. Los procesos artísticos, aun siendo marginales como lo fueron, atesoraban un núcleo histórico importante que podía ser sometido a una lectura retrospectiva para obtener noticias sobre las transformaciones y reconfiguraciones del espacio común en Chile. Esa es una manera de ingresar al asunto. Ahora, por supuesto que hay otras formas de hacerlo. Evidentemente el arte es político porque tiene que ver, fundamentalmente, con dos cosas: por un lado, con el problema de la conservación, el archivo, la memoria y la museificación, es decir, el asunto asociado a que el arte saca algo de la circulación del capitalismo y lo coloca en otro espacio y otro flujo; y, por otro lado, con que las prácticas artísticas son prácticas expresivas que están asociadas a modos de hacer que, reconfigurando los espacios colectivos, tienen una visibilidad enormemente mayor –como diría Rancière- a la visibilidad que tiene otros modos de hacer.

Creo que hoy, a diferencia de un pasado no tan lejano, el hacer artístico adopta un estatuto político no en virtud del mensaje que transfiere a los más desamparados y desprotegidos -como pretendieron las vanguardias artísticas y políticas bajo la táctica de la denominada “concientización”-, sino mediante un contagio de modos de aceleración y reconfiguración de la experiencia que pueden ser absorbidos por otras prácticas distintas a las artísticas.

-F. García: Si el arte, como dices, adopta un estatuto o una cualidad política, supongo que el hecho de ponerte a la cabeza de un departamento de Teoría e Historia del arte en calidad de director implica, por lo mismo, una decisión tanto profesional como política ¿Crees que el departamento pueda desempeñar un rol estratégico en lo que atañe a la universidad?

-Federico Galende: A mí me parece que el papel y el lugar del arte hoy en los intestinos (sic) de lo que queda de la universidad pública, es fundamental. Y lo es por una razón muy sencilla: porque la práctica artística, con toda la complejidad que eso acarrea –incluyendo la pregunta de qué es el arte, que es parte interna de la propia práctica artística desde hace ya mucho tiempo-, es la que en rigor más se distancia de las formas de conocimiento aplicado que fueron adquiriendo las disciplinas al interior de la universidad moderna. Así como Kant pensó en el siglo XVIII a la filosofía como disciplina arbitral de la universidad pública porque había una gratuidad en la pregunta filosófica que era imposible traducir a las otras disciplinas que estaban caídas en el conocimiento instrumental y aplicado; así me parece que el arte ocupa un lugar muy similar, a pesar de que quienes formamos parte de ese espacio no siempre nos corroboramos a nosotros mismos el enorme protagonismo que el arte debería adoptar hoy en los modos de reflexión acerca del sentido del conocimiento, la institución de la prácticas políticas, los conflictos entre las distintas facultades en la universidad pública, etc. En ese sentido, creo que un Departamento de Teoría e Historia del arte tiene mucho que hacer, y no sólo desde la teoría, la estética o la historia, sino que en la conjunción de esos problemas en un espacio común de reflexión. El hacer artístico tiene un modo de producción que le es específico; no me parece que debiera confundirse hoy con el de la medicina o de las ingenierías u otro tipo de investigaciones científicas. Esa especificidad configura un espacio privilegiado para preguntarse por los modos de hablar en la universidad pública, que es un tema que hemos abandonado. No me parece que solamente los académicos o las autoridades, sino también los estudiantes han abandonado esa pregunta: ¿Cuál es el lenguaje de lo público? Y, con ello: cómo la universidad pública puede ser un espacio de enorme deliberación acerca de la crítica y su idioma.

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 Federico Galende. Fotografía ©Andrés Larraín.

-F. García: Acerca de cierto contexto del arte, existe una especie de retorno de la política al arte desde una tangente harto especial, en donde las filiaciones entre ambas ya no se definen a partir de tácticas militantes o “comprometidas” como insinuabas antes, sino que pasa por una especie de hibridación entre la práctica artística y las prácticas discursivas y políticas concretas. Me parece que esta re-politización del arte está ligada a espacios colectivos de deliberación y acción cuyo potencial es tal vez más espontáneo que orgánico, y con esto me refiero a las lógicas que suponen espacios horizontales como las asambleas o las mismas marchas y movilizaciones sociales, por más que tampoco se restrinjan a esos campos de acción. Tú cómo ves en este panorama la relación entre la producción artística y la teórica…

-Federico Galende: Ese es un punto formidable, aunque no tengo cómo responderlo. Hay algo de lo que insinúas que es muy cierto, a pesar de que hay una convergencia de dos elementos distintos. Por un lado, la pregunta por “qué es el arte” ha cambiado definitivamente. Lo que se entendía por arte y política o política del arte ha tomado una configuración que, me atrevería a decir, es radicalmente distinta a lo que entendíamos antes. Por otra parte, el lugar clásico de la transferencia vertical que ha estado resguardado por la universidad y la institucionalidad hoy en día está desbordado, no en el sentido de que la universidad vaya a desaparecer sino en que la universidad va a tener que hacerse cargo de los disponibles tecnológicos que han transformado completamente los modos de acceso al conocimiento y a la crítica. De alguna manera, ese emplazamiento que se le hace a la vida universitaria es mucho más complejo que un emplazamiento que pase por el debate del lucro, por ejemplo. Es el propio concepto de transferencia que la universidad ha instalado el que debe redefinirse, aquel donde el profesor le enseña al estudiante a aprender siempre dos pasos detrás de él, cada vez más de lo que sabía pero siempre menos que el profesor. Hay que pensar cómo eso afecta al campo de la reflexión teórica, donde la teoría poco a poco ha dejado de ser un disponible que está mano de algunos sabelotodos que pueden utilizarla para interpretar una verdad que está oculta detrás de las imágenes, de los hechos o de la conciencia, y se ha convertido ella misma en un espacio de experimentación con una marcada condición performática.

Esto pasa por dos puntos. Por un lado, por el hecho de que una teoría se prestigia a sí misma porque puede poner en estado de correspondencia relaciones que desobedecen a las formas clásicas de codificar los vínculos y las asociaciones. Ese punto es muy importante: una teoría es una máquina de producción de correspondencia. Esto no es nada nuevo. Ya lo han planteado pensadores como Warburg o Benjamin, pero había pasado a segundo plano ante la centralidad de las mentes iluministas. Por otro lado, entonces, se convierte en un dispositivo de experimentación que no tiene ningún privilegio por sobre otras formas de experimentación. Una teoría es un presupuesto, como por ejemplo el “presupuesto de la igualdad” en Rancière. No está probado que somos todos iguales, pero cuando instalamos ese presupuesto éste se despliega y se verifica en la potencia de ese realce, es decir, la igualdad no tiene ninguna transcedentalidad, no es ninguna meta ni un destino, sino que es una presupuesto teórico que se verifica en su propio despliegue performático. La teoría entonces debe partir de ciertos presupuestos que tienen una dimensión perfomática, y ser capaz de probarse a sí misma en el despliegue de esa potencia que nace del presupuesto que ella instaura. Deberíamos poder hacer teoría así.

 

-F.García: Y pensando en estas aulas en concreto, o más bien en el departamento de Teoría e Historia del Arte mismo ¿Cómo pensar desde aquí el ejercicio de esa teoría? Lo digo teniendo en cuenta que, como la universidad en general, permanece regido por una estructura jerárquica difícil de maniatar.

-Federico Galende: Bueno, eso compromete el estatuto mismo de la universidad, la cual por supuesto que se ha transformado y ha visto deshacerse muchos de sus principios más importantes, como el hecho de ser un agente de producción de formas colectivas de conocimientos y producción de redes de reflexión sobre lo público. Lo público en la universidad sólo puede reflexionar acerca de qué significa el espacio que compartimos y el cómo queremos avanzar en él. En una sociedad donde el mercado prima, como es el caso de la nuestra, lo público debe instalar el problema del mercado como una pregunta acerca de la vida colectiva y en ese sentido la universidad pública tiene un rol fundamental.

Ahora bien, es cierto que hay una rigidez en los modos de concebir el arte, porque en una Facultad de Artes de una universidad pública, el arte debe ser concebido desde los propios marcos institucionales de lo que se entiende por arte. La universidad también debe instalar una pregunta acerca de la inmortalidad del arte, ya sea a través del conservatorio, del museo, de la pregunta por el patrimonio o de las políticas culturales. Tenemos derecho a preguntarnos en qué será de nosotros ¿no? qué será de nuestro cuerpo. A la pregunta acerca de lo imperecedero, la institucionalidad artística o la institución museal siempre ha hecho esfuerzo por responder de la mejor manera y del modo más honesto posible. A mí me parece que el arte es eso y a la vez otra cosa. El arte es la pregunta por lo inmortal y, por lo mismo, la pregunta por el museo debe estar en el centro de la reflexión. Pero, a la vez, el arte es una pregunta por un modo de hacer que -como diría Rancière- genera disenso, re-configura los espacios y desordena los marcos policiales. Es entonces una doble pregunta. Duchamp, por ejemplo, nunca dejó de jugar con ella, ni tampoco Warhol. Con esto no estoy haciendo ninguna concesión a la universidad ni quiero quedar bien con ella, sino que quiero dar cuenta de un problema. Considero que la autonomía artística no es un problema, más bien es la condición de posibilidad de que el arte adopte una forma de disenso a través de sus procesos de experimentación dentro de los propios marcos de la institucionalidad.

Te lo diría así: tú sabes que con Courbet, con Baudelaire, con Manet, con estas grandes figuras se configura la modernidad artística, y que la gran pregunta allí es la pregunta por el museo-burdel: cómo hacemos para sacudir el corazón conservador de la obra de arte con lo efímero, lo transitorio, lo pasajero y lo moribundo. Es la pregunta que se hace Baudelaire, pero mientras la hacía olvidaba otra, que es la que se hacen los hombres que van todos los días al trabajo y vuelven a su casa tal como salieron o más cansados: qué quedará de lo que hice. El arte son esas dos cosas a la vez,  un nudo compuestos por ambas hebras.

-F. García: Pero, en ese sentido, la misma carrera de artes visuales o de teoría e historia del arte están sometidas a una paradoja, porque si, por un lado, preservan una cierta autonomía experimental que le resguarda la institucionalidad en la que se enmarcan, por otro lado, vemos también cómo los programas curriculares se adaptan cada vez más a las exigencias internacionales (Plan Bolonia) de especialización y profesionalización, las cuales tienen como fin asegurar plazas laborales pero también extender el mercado hacia el desarrollo cultural de los países, lo cual termina siendo una encrucijada para la práctica autónoma del arte.

Federico Galende: En lo personal, soy completamente enemigo del ejercicio de la especialización. Por ejemplo, si alguien es especialista del acápite n° 40 del “Ser y tiempo” de Heidegger, bueno, sin duda que cuando tú participas de un coloquio con alguien que ha dedicado toda su vida a estudiar ese asunto, lo más probable es que no tengas posibilidad alguna de discutir nada con él. Por lo pronto, sólo tendrás que hacer una escucha pasiva ante ese saber cultivado y, tarde o temprano, dejarás de ir porque ya no puedes participar de la discusión pública de ideas que la verticalidad impenetrable del especialista impide. Por eso se genera un segundo problema: el especialista se queda solo: primero, porque sólo conoce el tema de su especialidad; segundo, porque conoce tanto el tema de su especialidad que nadie quiere discutir con él. Como ves, por una cuestión lógica soy enemigo de la especialización (risas). Creo mucho más en el arte de producir formas reflexivas, abiertas, colaborativas, de debate de ideas, de discusión e incluso de improvisación, o sea, el arte de soltar el pensamiento y, con un principio, un final y un cierto núcleo, tratar de hacer algo. Por eso es que yo, que no soy un novelista, escribí una novela. Es una manera de improvisar en un género del que sólo fui un cultor en condiciones de curioso o de lector. No fui formado como escritor, me gusta la literatura pero no soy alguien formado para escribir.  Soy un cientista político, pero me demostré a mí mismo que desviándome de lo que los profesores me pedían que aprendiera pude hacer muchas más cosas de la que hubiese hecho si sólo hubiese aprendido lo que me pidieron.

Ahora, por supuesto que hay una gran ofensiva del mercado internacional por erosionar el lugar del intelectual público. Lo que antes era el lugar del intelectual público hoy se ha convertido o en el de un académico que hace pasar su producción por un circuito que no afecta en lo más mínimo la vida pública o en el del periodista que difunde contenidos relativamente superficiales sin profundizar tampoco mucho en ellos. Lo que estaba en el medio, que era la discusión pública, ha desaparecido gracias a estos sistemas como los que tú mencionas que están afectando también las mallas curriculares y al trabajo de la facultad de artes de la universidad. Eso es un problema que no podemos evadir.

galende3+Me Dijo Miranda, novela escrita por el profesor Federico Galende que ha recibido grandes críticas en diferentes medios.

-F.García: Y al respecto de la discusión acerca de las políticas culturales ¿qué opinas? Te lo pregunto porque bastante se ha dicho al respecto de la escasa participación de artistas o gente ligada al mundo del arte en la discusión sobre las políticas culturales, y la especialización en “Gestión Cultural” pareciera ser una respuesta a ese déficit.

-Federico Galende: El qué es una política cultural es siempre un problema para el arte. El arte no puede definir qué es una política cultural porque una política cultural siempre tiene un hálito policial, es decir, define verticalmente, a través de una pléyade de expertos, cuáles son los flujos de producción cultural que deben ser respetados y cuáles no.  A mí me parece que el arte tiene que ser contestatario e independiente de los códigos instaurados por las políticas culturales. Pero a la vez, y por eso digo que es un problema, no podemos descuidar la participación de un teórico del arte formado en una universidad pública en la discusión de una política cultural, porque suponemos que él lo puede hacer mejor que un ingeniero comercial o el mercado completamente desregulado. Hay que aprender a moverse dentro de esa tensión.

-F. García: Esa es la tensión que, a gran escala, podría definir la situación de la institución artística, es decir, autonomía versus el mercado o los proyectos culturales del Estado desregulado…

-Federico Galende: Por supuesto que la institución artística ha ido perdiendo autonomía. El museo ha ido perdiendo la cualidad de ser un proyecto que se pregunte por el destino de las cosas. Siempre hay amenazas a la autonomía, y el problema es que está amenaza por el mercado, pero de todas formas no sabemos si objetar tanto aquello porque también la condición artística experimental tiene como problema la autonomía, aunque lo tiene como condición de posibilidad.

En torno a la universidad pública, no soy alguien que quiera remarcar siempre qué está bien y qué está mal. Creo que la universidad pública debe sumar todas las posiciones y debatir, por más de que no se llegue a ninguna parte. El asunto es que los problemas que estamos discutiendo y tantos más sean los problemas que se discutan dentro de la universidad pública.

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