Lecturas para “La puesta a prueba de lo común. Una aproximación a los discontinuos trazos de la dimensión colectiva en el arte contemporáneo penquista” (Plus Ediciones, 2014)

P R E S E N T A C I Ó N  D E  L I B R O


 

Lecturas para “La puesta a prueba de lo común. Una aproximación a los discontinuos trazos de la dimensión colectiva en el arte contemporáneo penquista” (Plus Ediciones, 2014)*

Por Lucy Quezada


 

portada la puesta a prueba

Tal como reza la bajada de título de este libro, es una aproximación a unos “discontinuos trazos”. Estos trazos son muchos y obedecen a la escena artística de Concepción, leída por David Romero y Cristian Muñoz, en torno a esta “dimensión colectiva” como eje articulador de una serie de propuestas, intervenciones, carencias, y rendimientos productivos en la escena penquista.

Esta “dimensión colectiva” es puesta a prueba, a través de esta investigación que busca generar la inscripción de unos síntomas, acciones y reacciones que dejan en claro que en ello, lo colectivo adquiere la potencia de ser una constante activadora. Activadora de horizontes políticos y artísticos, activadora de redes y de otras maneras de pensar y de pensarse a sí misma.

La potencia de una investigación como ésta es la de inscribir y registrar ese momento indefinido, y en esa inscripción respetar esa indefinición de la contingencia, de unos momentos que obedecen al pasado, a cierto origen, pero que en el presente siguen resolviéndose. Esa misma potencia es la que le da a la dimensión colectiva, y sus especiales características en la escena penquista, la capacidad de ser también instancia de inscripción política: ejerce un poder sobre esa escena, el poder de la indefinición y el poder de repensar los mecanismos productivos de un sistema artístico que se sustenta institucionalmente en la finitud, la determinación, la medición de impacto y una ruta proyectada en objetivos cerrados.

Aquí emerge otro concepto crucial dentro de esta investigación: la institución. Aquel lugar que alberga y supone inscripciones, donde parece imponerse una política más que crearse esta a través del debate. En la institución parece no haber puesta a prueba. No se piensa a sí misma, salvo cuando entra a desmontarla un ente externo: en este caso, las prácticas colectivas. Estas son registradas en la publicación que hoy presentamos haciendo nexos con el contexto social y político en el que se inscriben. Y es que lo común no puede ser entendido en un horizonte apartado de estas condiciones de producción: toda práctica común es plataforma de unas formas de pensar políticamente ese orden establecido, es la potencia del cambio y la voz del desmontaje. En la investigación de David y Cristian esta remoción de los mecanismos habla fuerte desde su contexto, desde las condiciones de precariedad y carencia a las que se somete la escena artística de Concepción y, me atrevo a decir, el país completo. Las de Concepción obedecen a los trazos de una historia, de unas formas que parecen pre-fijadas pero que son, por lo común, puestas a prueba. Y es que esta “puesta a prueba” es la condición de existencia de lo común, de ella misma y de la institución, las prácticas, y las formas de pensar en las que se inmiscuye.

En este último punto, en el de esta dimensión colectiva inmiscuyéndose, me gustaría destacar el diagnóstico que la investigación realiza respecto a cómo estas prácticas hacen repensar conceptos ya arraigados en la institución. David y Cristian hablan principalmente de productores y gestores. Estos dos engranajes soportan toda una trama en la que habitan formularios, públicos, impacto, etc. Productor y gestor son dos sujetos que provienen de este léxico de la llamada “industria creativa” y obedecen a la intrusión de un modelo productivo, de un modelo de industria que se encaja a la fuerza en nuestros contextos. Sentir cierta desconfianza obedece a una distancia crítica necesaria; identificar sus mecanismos para entender la potencia propia de cada uno y utilizarla como arma de doble filo, repensando sus características para construir, dentro de ellas mismas, resistencia, es la capacidad de lo común. Queda expuesta la apropiación de la gestión, como una práctica de potencia crítica, desestabilizadora. Quedan abiertas las nociones de participación y de activación en este nuevo escenario en que se sitúa el gestor. En ello radica su capacidad de llenar una carencia institucional, como tan bien lo explicitan David y Cristian a lo largo del libro, que es también la potencia de inscribir en este acto la indefinición de una práctica que viene a desmontar a estos sujetos de la cadena productiva, a exhibir su desencaje en una máquina que funciona a otro ritmo, a uno que no logra, por fortuna, ser estandarizado del todo.

Un ejemplo de esta situación es la Octava Mesa de Artes Visuales, asamblea convocada por el mismo Consejo de la Cultura, pero luego reapropiada por quienes la componían, para seguir adelante con ella. ¿Con la institución? ¿Por fuera de ella? El espacio que la Octava Mesa instituye –y más tarde el colectivo Mesa8- parece no obedecer a un dentro o fuera de la institución, sino que a un espacio indeterminado y estratégico entre ambas. Aquella proveyó la formación y las redes de este grupo de personas, en un mecanismo que es, al volverse plataforma común, puesto a prueba.

Pero esta “puesta a prueba” no es sólo con la institución y con los personajes de una industria productiva, sino que también con la recepción pública de unas prácticas artísticas que al pensarse a sí mismas desde lo común, revierten los procesos tradicionales de exhibición. Hacen un surco en la historia local del arte en Concepción e instituyen, también desde un espacio indeterminado y estratégico, nuevas formas de aproximarse al público. Las prácticas colectivas se inscriben en el espacio común; resulta atractivo que esta palabra pueda referirse también a este “común”, al espacio común y colectivo de la ciudad. En este proceso, las obras que provienen de plataformas colectivas de trabajo “socializan” sus procesos, y establecen que la obra, presente como acción en el espacio público, viene a abolir la exhibición pública distanciada. El espectador es parte de su engranaje, de un proceso investigativo que tampoco termina en él.

Y aquí es cuando quisiera reparar en que esta investigación se toma la responsabilidad y el desafío de inscribirse no sólo bajo las lógicas locales con precisión, sino que también hacerlo en horizontes teóricos y artísticos mayores. Esto hace que el lector vaya generándose preguntas, y estas vayan siendo contestadas a lo largo del libro (o por lo menos eso me pasó a mí). Cuando ya estaba clara la inscripción local de las prácticas estudiadas por Cristian y David, llegué a preguntarme con qué pregnancia estas podrían contextualizarse en otros debates, no sólo aquellos genealógicos y a nivel de localidad artística. Estas prácticas colectivas son situadas desde horizontes teóricos de los que se está lo suficientemente cerca y lejos, y eso queda aclarado. Así también, estas prácticas son inscritas desde el debate del arte contemporáneo y sus prácticas “relacionales” (de las que se toma la correspondiente distancia), pero que al fin son debates que se incluyen para situar un territorio definido del objeto de estudio. Estas inscripciones no hacen más que impulsar la lectura y sellar preguntas que podrían surgir a lo largo del libro, a la vez que definen el territorio no sólo artístico o geográfico, sino que también teórico desde el cual situarse.

Finalmente, me gustaría destacar la sistematicidad en el abordaje de unas prácticas que parecen desbordar su institucionalización en la historia (a pesar de que este libro no es un libro de historia, pero sí podría coquetear con ella). Las prácticas colectivas, la mayoría de ellas efímeras, son inscritas aquí desde un archivo de imágenes y de voces. Los relatos visuales y orales vuelven a territorializar un archivo desde su contexto, a dotarlo de una inscripción local que nos habla también de sus vaivenes, de algunos horizontes difusos, de las opiniones que divergen. Con todo, este libro no hace más que dar rienda a una discusión, discontinua, indeterminada e indefinida, pero que en estas imprecisiones cifra su resistencia y potencia crítica. Nos incita a indisciplinarnos frente a categorías demasiado respetadas, demasiado asumidas. La discontinuidad es la ventaja de una trayectoria sin fin, sin objeto cuantificable, que no obedece a planes ni programas que constriñen las prácticas, sino que a pulsiones, deseos, carencias, afectos, es decir, a aquellos síntomas que terminan creando redes comunes y trabajo colectivo.

IMG_3570

 

 

*Texto leído en la presentación del libro el jueves 18 de diciembre en Galería Metropolitana.

Artículos recomendados

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *