Un diagrama de lo decorativo

 

 Por Claudio Guerrero

*El siguiente texto fue parte de la muestra: 

Gabinete 2702 en Local 2702 / Escuela de Arte y Cultura Visual, Universidad Arcis


De un tiempo a esta parte, lo decorativo se ha vuelto un tópico importante en la discusión sobre el arte chileno contemporáneo. Muchas veces enarbolado como una descalificación, se trata de un adjetivo y una categoría que ha sido escasamente analizada en su complejidad y de la cual se desconoce o se obvían las profundas conexiones que posee con el desarrollo del arte moderno. Baste recordar la polémica en torno a lo decorativo en el paso del siglo XIX y XX, cuando unos lo rechazaban en la medida que éste se opondría al funcionalismo (como Adolf Loos) y otros veían en lo decorativo y su tradición un modo de negar el arte mimético clásico (como Paul Gauguin).

Suele asociarse cierta proliferación de obras decorativas en el Chile contemporáneo con la globalización y con expansión que ha vivido el mercado del arte. El arte decorativo cumpliría, para los artistas, la doble función de insertarse en un campo local en que todavía priman coleccionistas políticamente conservadores a los que las formas agradables les parecen inocuas y también la de insertarse en un mercado global de valores internacionales, poco informado del marco de referencias contextuales y culturales al que suelen aludir las obras más densas en significado.

 

Claudia Lee. “pavo”. Gabinete 2702, 2015. Foto: Romina Riquelme

 

También se ha identificado en lo decorativo un modo del arte de responder a un contexto en el que lo cosmético se ha vuelto una lógica universal. En una sociedad tramada por la oferta y el consumo de mercancías, el arte utilizaría la ambigüedad y el camuflaje (operaciones cosméticas) para confundirse con la sociedad que es objeto de su investigación y crítica. En la tradición moderna del arte, la ironía y el camuflaje son operaciones que cuentan con importantes antecedentes, baste recordar a Manet presentando cuadros «indecorosos» pero de innegable tradición, a Duchamp enviando a un concurso un estilizado urinario o las Brillo Box de Warhol.

Para algunos, no obstante, el arte es la antítesis de la decoración. La decoración buscaría el agrado y la armonía, formas visuales desprovistas de contenido o indiferentes a él. La decoración, en todo sentido, sería un asunto superficial. El arte, y en particular el arte moderno y contemporáneo, sería una práctica de la cual no cabría esperar agrado y condescendencia, sino el rigor de la crítica o el atrevimiento de la ruptura. Del arte se esperaría un desbaratamiento de los lugares comunes a través de densas operaciones formales, astutas ironías, profundos contenidos o bien múltiples redes de signos y referencias.

Para otros, en cambio, el arte y la decoración pertenecen a un mismo ámbito de actividades humanas relativas al ocio y lo superfluo. Se trataría de una esfera de prácticas y productos cuyo valor antropológico no tiene relación con lo útil, sino con el hecho de que producen belleza o agrado y con la dimensión simbólica de la existencia. Arte y decoración formarían un conjunto de actividades que implican más gasto que producción.

Para comenzar dilucidar los alcances de lo decorativo en el arte chileno contemporáneo, hemos establecido un diagrama en torno a sus posibilidades formales que por ahora mantendrá entre paréntesis las consideraciones en torno a su valor. En este diagrama entenderemos lo decorativo como una categoría que se aplica exclusivamente a objetos e instrumentos elaborados por el ser humano. Si algunos objetos son bellos por la natural disposición de sus miembros y colores, otros son bellos por los esfuerzos que han sido realizados en ellos. A esta segunda belleza corresponde lo decorativo u ornamental (Gian Trissino). Lo decorativo, además, sería lo contrario de lo útil o al menos guardaría una condición suplementaria con ello. En un objeto, lo ornamental sería aquello de lo que podría prescindirse sin que un objeto pierda su utilidad.

En este marco amplio de lo decorativo, el diagrama que hemos establecido permite especificar la naturaleza del fenómeno decorativo a través de un esquema formado por dos ejes, uno que contrapone el adorno al revestimiento y otro que contrapone el patrón a la articulación.

Carolina Illanes - "Prototipo Jaula 1" (2013). Gabinete 2702
Carolina Illanes – “Prototipo Jaula 1” (2013). Gabinete 2702, 2015. Foto: Romina Riquelme

 

Respecto al primer eje, un objeto decorativo corresponde a un adorno cuando constituye por sí mismo una unidad decorativa, eventualmente movible. Una figura de porcelana, las flores plásticas y los souvenirs constituyen ejemplos de adornos. En cambio, lo decorativo se da en la lógica del revestimiento cuando constituye una suerte de piel que cubre y depende de otro objeto, su soporte. La decoración de la fachada de un edificio, el papel mural y los mosaicos constituyen revestimientos.

Respecto al segundo eje, diremos que un elemento decorativo se acerca a la lógica del patrón cuando se constituye por la repetición de uno o más motivos (abstractos o figurativos) de tal forma que se crea una superficie cuya extensión ―eventualmente infinita― resulta indiferente a su propia forma y naturaleza o la del objeto que cubre. Las telas estampadas, la cerámica con que se cubren pisos y paredes y los diseños de papel mural suelen seguir la lógica del patrón. En el otro extremo del eje, diremos que una obra se acerca a la lógica de la articulación cuando su relación con la forma y naturaleza propia o del objeto que la sostiene corresponde a un orden orgánico, con divisiones y articulaciones identificables que se adaptan a su tamaño, formato, cualidad y carácter. Los órdenes decorativos clásicos  (que se despliegan a través de columnas, capiteles y arcos, entre otros) constituyen el mejor ejemplo de lo decorativo en cuanto articulación.

Por ahora, culminaremos con un esquema que invita a ordenar cada fenómeno decorativo desplazándolo a través de los ejes según su cercanía a los cuatro conceptos cardinales que hemos definido, que no deben funcionar como polos excluyentes, sino como los extremos de una gama. La complejidad de lo decorativo puede ser controlada, en algún sentido, a través de estos ejes que permiten infinitas gradaciones entre los pares conceptuales que lo componen.

Claudio Guerrero, Diagrama de lo decorativo, 2015.

 

 

(Fotos : Romina Riquelme)

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