Una pintora del diez, o repensar las pinturas del nuevo siglo. Apuntes sobre “Ya nada será como antes” de Grace Weinrib, con la curatoría de Catalina Quezada en MAVI.

por Sergio Soto Maulén

 

Conflictivo ha sido para la historia del arte la cuestión de la originalidad. “El mito” o “la deuda” han sido algunos de los ejes para la discusión en torno a “lo nuevo” cuando se piensa -y se ha pensado- el arte contemporáneo. Sin ir más lejos, actualmente el MAVI presenta dos exposiciones, ambas vinculadas con la historia de la pintura, a propósito de “lo real”, las posibilidades de la representación, el taller, las academias y en general las cuestiones relativas al peso de distintas tradiciones que determinan la práctica.

Una de ellas es “Ya nada será como antes” de la artista Grace Weinrib. Según Catalina Quezada, la curadora, la artista en su trabajo “se apropia de imágenes recortadas de revistas de arte y fotografía, de cómics, de manuales didácticos de pintura y dibujo, postales y fotografías. Muchas de ellas provienen de las cajas acumuladas que se encontraban en la casa donde creció. Otras son de su propia colección. Aún así, todas pertenecen a una misma época, entre los años sesenta y ochenta. Ella interviene estas imágenes con pintura al agua, acrílico, témpera y acuarela. Brochazos breves y secos, suaves degradaciones de color, pinceladas que mezclan los colores sobre la superficie de la pintura y suaves aguadas, disimulan, borran o rescatan ciertos elementos del fondo.” [1]

 

Durante la Historia del Arte occidental (y no tanto, pensando en el constructivismo ruso) hemos podido identificar que el lenguaje “abstracto” ha servido como opción para justificar un arte, a veces, totalmente impersonal. Ha sido la herramienta para la construcción de objetos concretos que no tienen porqué ser vinculados a la subjetividad personal del artista. “Ya nada será como antes” toma el otro camino (también presente en la historia del arte). Al contrario, indica la ruptura que implica cualquier acontecimiento, al mismo tiempo que evidencia la incapacidad de evitar el distanciamiento de la historia personal del artista con las obras.

Grace Weinrib sitúa esta exposición como resultado de diferentes momentos, como por ejemplo la residencia que la precede y lugares que fueron parte de este proceso; uno de ellos sería el taller [The Studio Seems to be a Painting (El taller parece una pintura) fig. 1]. A diferencia del taller de Courbet (fig. 2), este se encuentra vacío y no es pintura sino fotografía (la gran enemiga del realista). En similitud, presenta una alegoría del tiempo. En virtud del soporte, no hay personajes que ilustren aquello, más bien se captura un comienzo, y por lo tanto, enuncia que la obra es parte de un contexto. Ya sea personal o no, la obra es parte de momentos y lugares específicos, que al estar presentes como experiencia de un mundo real, son amables con cualquier lenguaje.

Al mismo tiempo, el enunciado “El taller parece una pintura” , nos permite elaborar una visión inversa sobre la relación pintura / realidad. Que no es una relación determinada por la reflexión pictórica a propósito de un espacio acotado, sino de modo que un espacio es pensado como una reflexión de “lo pictórico” (plasmada en la foto) desde el comienzo. La obra asume el carácter pictórico de la fotografía en tanto esta se entiende como un reflejo y no un objeto en sí mismo. La fotografía, en tanto registro, sería la propuesta para la reflexión visual de los espacios.

Fig. 1 The Studio Seems to be a Painting (El taller parece una pintura). Fotografía digital (2015)

 

Fig. 2 Gustave Courbet. “El taller del pintor” (1855) Fuente: http://www.wga.hu/

 

La artista a través de la experimentación del material y los propios objetos de la exposición, explora una realidad presente en la cultura popular que no está obligada a estancarse ni a solidificarse. Usando esta imagen, o sea la del tiempo que transforma, la idea de “ruina”o del “resto” ya no son sinónimos de rigidez sino valores determinados por la fluidez y la apertura de posibilidades. En otras palabras, también podría incluirse un valor “orgánico” más flexible, apelando a la esencia de los objetos ahora parte de un mundo sin distinciones.

 

Fig. 3. Olivier (2016). gouache sobre cartón. Foto: Jorge Brantmayer

Experimentando, entonces, Grace Weinrib da cuenta de la diferencia de comprender al objeto como un todo sin partes, desvinculando así, lo que en caso opuesto sería un objeto constituido de forma modular. Lo último permite pensar realidades manteniendo una base, o bien, un soporte. Algo así como cuestionar la historia a través del objeto de la historia, sin obligar a este último a despojarse de su verdadero “significado”, sino trasladarlo a otros lugares que permitan su nueva inclusión temporal.

Darle nuevo sentido a la ruina es, por ejemplo, asimilar nuevas formas de percepción (tal como rescata la curadora, Catalina Quezada, a propósito de las ideas de Gaston Bachelard y la “fenomenología de la imagen” [2]), nuevas formas de acercarse al mundo, así como también nuevas formas de tratar la realidad. Focalizar la realidad en nuevos espacios desconocidos o ignorados.

 

Fig. 4. Una cosita ‘pal camino (2014 – 2016). Pintura acrílica, aluminio, plumón. Foto: Jorge Brantmayer

 

Fig. 5. Una cosita ‘pal camino (2014 – 2016). Pintura acrílica, aluminio, plumón. (Detalle) Foto: S. S.

Grace Weinrib entonces hace un ejercicio pertinente para la pintura. Se hace cargo de la cuestión elemental de la práctica: pensar los tipos de percepción y las nuevas formas de conocer. Tiene una mirada lúcida, ni tan superficial ni tan romántica, sino que instruida por el lenguaje que define tradiciones artísticas. Una mirada que cada vez cuando viaja a lugares nuevos, conoce talleres, reconoce obras de arte, aprende de la constante revelación y al mismo tiempo reflexiona sobre la realidad “familiar” interviniendo sus lenguajes.

Finalmente, el color es la cuestión fundamental de la pintura, como firma personal del pintor. Al ser agregado de una imagen ya existente, coloreando la página de un libro (fig. 6), o bien siendo materia por sí misma (fig. 4 y 5), nos permite experimentar el guiño presente en el título de la muestra. El color se muestra como materia, como reinterpretación, como sensación o emoción, como restauración o sentencia, como posibilidad o como un portal. El color es el lenguaje que Grace Weinrib escoge para este momento definitorio; para notificar la frescura de una paleta de colores reconocibles a su generación, sin que esto afecte la afinidad que tenga con ellos, o bien, la intención de marcar un quiebre temporal.

 

Fig. 6. De la serie, La Pieza, the Piece, the Room (2016), nº39. Gouache sobre página de libro encontrado en feria de segunda mano.

 

Como he mencionado, la cuestión de la novedad es algo que está presente en distintos niveles desde el desarrollo del arte moderno (apelando a las generalizaciones de una historiografía que distingue entre Edad Antigua, Moderna y Contemporánea) hasta la actualidad. Pero no nos sorprenderíamos si un amigo comenta que no le interesa la exposición porque algo está repetido. Uno de los problemas al enfrentarnos a obras contemporáneas es que en gran medida el sistema “objetual” instalado por Duchamp es una cuestión dispuesta al desarrollo industrial y sus limitaciones. Otro problema sería que las obras no satisfacen la dinámica establecida por las vanguardias sobre la relación arte y vida. Si bien ambas son válidas, lo crucial para estas situaciones sería la cuestión de “la mirada” que evidencia una base inestable, no por la carencia de “bagaje cultural” (dígase incapacidad de comprender los lenguajes específicos del arte), sino de los vicios propios de la cultura de masas que exige “novedades” a ojos cerrados. Es decir, asume la familiaridad que se desprende de “lo nuevo” en el arte, ya que siempre hablará el mismo lenguaje, o sino simplemente sería otra cosa y probablemente estaría en otro lugar. Con ánimos de divagar, supongo que esta exigencia por lo nuevo tiene un sentido más profundo vinculado al ritmo de la experiencia, gracias al “asombro” y su capacidad de detener el tiempoque contrarresta el sentido inmanente de los acontecimientos del sistema.

Desde esta perspectiva, la exposición “Ya nada será como antes” resuena como un lugar para problematizar el arte contemporáneo. Esta vez, lo contemporáneo, no entendido como categoría artística (cuestión que le permite descansar ante las exigencias de falsa originalidad), sino solo como el objeto de la actualidad. No como el comienzo de algo nuevo desde el punto de vista de “lo impensado”, sino como las transformaciones e intervenciones de historias ya conocidas, que al verse reestructuradas inevitablemente adquieren valores “otros”. Dígase, más posibilidades para comprender el mundo que pueden ser leídas desde dos trincheras opuestas: la primera que asume y replica la utopía del Realismo (hablar un lenguaje universal desde las subjetividades) y la otra, aquella que desecha esto y en un acto de honestidad renuncia a dicho proyecto; reafirmando que ambas opciones dejan sin lugar y validez a la “originalidad” como un eje conductor de la discusión.

 

[1] Texto completo en: http://www.mavi.cl/expos/ya-nada-sera-como-antes/

[2] Texto completo en: http://www.mavi.cl/expos/ya-nada-sera-como-antes/

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