La común y la colectiva. Notas sobre el libro de Plus


 

La común y la colectiva. Notas sobre el libro de Plus.*


Por Paulina Varas

Valparaíso, diciembre de 2014

*N. del E.: El siguiente texto, fue originalmente leído durante la presentación del libro “Puesta a prueba de lo Común” de David Romero y Cristian Muñoz (Plus Ediciones, 2014) en la ciudad de Valparaíso.

PRIMERA PARTE

Una de las acciones creativas más intensas y significativas que vi y de la que forme parte últimamente, fue en 2013 cuando en el patio de la Universidad de Concepción se realizó un gran mapa de la ciudad a través de una jornada de mapeo colectivo diseñada por un grupo de estudiantes y profesores de la Universidad. La idea fue marcar en un gran mapa realizado en sábanas blancas por este grupo, los lugares de violencia, detención ilegal, el terrorismo de Estado perpetrados durante la dictadura militar en la ciudad de Concepción. El método era según las ideas del mapeo colectivo[1], relatos múltiples de testigos, protagonistas, familiares y ciudadanos que marcaban junto a otros los lugares donde había sucedido algo. El mapa era tan grande que obligaba al participante a “entrar” en la cartografía y marcar con su cuerpo la información que llevaba. La ciudad de Concepción entonces se transformó en un cuerpo intervenido por la memoria imposible de eludir por más años que pasen. En ese proceso de memoria instituyente, se pusieron en juego las visualidades disidentes, las colectivas de la historia reciente, lo común expandido, marcado, cartografiado desde ese lugar por nuevas fuerzas que traspasan lo instituido. Aquello que pensamos que esta fijo pero que en realidad es moviente, porque está vivo. Desde esa acción se pueden comprender una serie de cuestiones, pero sobre todo, que el territorio no existe, más que como una representación del poder instituido en confrontación con las memorias instituyentes. Y los mapas y algunos libros, pueden redibujar las fronteras, proponiendo otros problemas, desdibujando límites que habían sido marcados por otros con intereses privados, pueden volver a trazar accidentes, fronteras difusas, relatos indeterminados.

mapeo-colectivo-40-años-surMapeo colectivo en Concepción. Cortesía de la autora. Fuente: https://mapeocolectivobiobio.wordpress.com/

mapeo conceMapeo colectivo en Concepción. Cortesía de la autora. Fuente: https://mapeocolectivobiobio.wordpress.com/

Hoy en día no hay nada que pueda ser menos interesante que pensar la producción cultural chilena bajo las definiciones territoriales oficiales, que se hicieran en los años ‘60 desde el gobierno de Frei Montalva, del territorio físico bajo la lógica de las regiones con un fin administrativo que nunca supuso una autonomía real de esas administraciones locales. Incluso quienes estudiamos en el colegio durante la dictadura, tuvimos que aprendernos las regiones como trece números romanos que determinaba su ubicación geográfica delimitada por las fronteras estáticas del Estado, es decir, ya ni siquiera estaban reconocidas identitariamente como lugares con un nombre. Para nuestra historia reciente esto es como una herida y un sinsentido, no hay líneas físicas que puedan dividir nuestras maneras de pensar diferenciadas. Incluso en esta ciudad Valparaíso, hay muchos valparaísos, el de quienes la ven como una ciudad ideal, una ciudad capital cultural del país, una ciudad patrimonio de la humanidad, una ciudad ideal para hacer festivales, una ciudad con altos índices de pobreza y desempleo, una ciudad presa de la gentrificación cultural y urbana, ciudad laboratorio neoliberal, etcétera. Y todas esas visiones sobre la ciudad generan diferencias, disidencias y muchas veces campos de lucha. Pero no definen una identidad, porque eso se construye diariamente. No hay análisis más poco productivo que decir “arte de un lugar determinado”, porque no hay posibilidad de pensar la producción artística solo desde los límites del Estado. No podemos repetir esa división territorial para pensar esas producciones. Ni menos repetir la dialéctica centro-periferia, cuando se ha desmontado desde el pensamiento crítico hace muchos años. ¿Qué alternativas podemos co-crear para organizar un glosario crítico de nuestras prácticas y legados emancipadores?

Pregunto (y me pregunto) si no deberíamos resignificar esos dibujos de una geografía marcada hace más de 40 años, donde hemos aceptado definir nuestras prácticas a partir de esas divisiones administrativas, Entonces ¿qué entenderíamos por arte local? ¿Deberíamos redefinir algunos términos operativos que se han asentado tan firmemente en nuestro contexto para activar críticamente? ¿Cómo tensionar la idea de arte local con saberes situados? ¿Es posible que no signifiquen lo mismo?

mapeandoMapeo colectivo en Concepción. Cortesía de la autora. Fuente: https://mapeocolectivobiobio.wordpress.com/

Por ejemplo: el concepto de “redes” como emprendimientos bajo la lógica neoliberal, apelan a la determinación de la idea de trabajo, la especifica, enmarca y define. Pero desde la práctica política sería la articulación de afecciones comunes, que se mueven, son indeterminadas, se autodefinen constantemente, son rizoma un día, enjambre otro, y a veces una línea genealógica, porque depende de la coyuntura la efectividad de su forma. Es por esto que el diagrama temporal que describe este libro es importante para ir revisando el territorio teniendo en cuenta las distintas capas genealógicas que componen este lugar que definen, me gustaría no decir “penquista”, pero lo acepto ahora. Porque así pueden irse desmontando los relatos desde los historiográficos, las ficciones personalistas o los mundos imaginados más radicalizados.

Uno de los desafíos que trae el libro de Cristián y David es que nuestros campos de análisis pueden verse afectados por la potencia política, ahora volver a pensar la biopolítica y la geografía crítica, permitiría visibilizar nuevos escenarios de articulación con las fuerzas vivas que pueden modificar el orden de las cosas.

SEGUNDA PARTE

PORTADA

Hace ocho años, en 2006 venia llegando de mi doctorado en Barcelona y fui contratada por la Universidad de Concepción para ser profesora de medio tiempo en la Escuela de Arte, cuestión que para mi significaba una maravillosa oportunidad de eludir Santiago para mi desempeño profesional y trabajar entre Valparaíso y Concepción, poniendo énfasis en procesos que me interesaban fuera del ámbito metropolitano. Un día en la sala de profesores encontré en la mesa una publicación que desconocía, se trataba de un ejemplar del segundo número de la Revista PLUS. Como nadie cercano la reclamó, debo confesar que me la lleve, por mi interés profundo en leerla completamente. Fue un verdadero alivio ver producciones amigas, pensadores y agentes críticos de lo que entendemos como “mundo del arte chileno” que agitaban el contexto para pensar sus producciones. Desde un inicio del proyecto de CRAC en 2007 establecimos vínculos cómplices para difundirnos y comunicar nuestros trabajos desde acá y más allá.

Fue en 2009 que ese vínculo fue estrechándose en colaboraciones más cercanas como la invitación a mi y a José Llano a colaborar en los siguientes números de PLUS desde nuestras diferentes escrituras. No recuerdo acciones más solidarias y generosas que las de editar a otros desde plataformas editoriales independientes, pero ¿qué significa eso? ¿Qué productividad se pone en acción? ¿De qué se trata difundir, comunicar, socializar cuando debes hacerlo bajo tus propias condiciones de economía doméstica? ¿hasta cuándo se extiende la colaboración cuando las propias manos pasan por la activación del cuerpo pensante de otros?

Estas preguntas se empiezan a comprender con el libro que presentamos hoy día. Un libro que esperábamos, y no solo porque nos interese lo que sucede en la ciudad de Concepción con los productores culturales, sino que porque desde allí podemos comenzar a preguntarnos críticamente, es decir a dejar el statu quo respecto a lo que pueden dar de sí las producciones del arte contemporáneo en el contexto que vivimos. Pensando en esos modelos de producción alternativos, que nacen desde la necesidad de hacer una revista independiente de artes visuales, que de por sí ya es una tarea que requiere de una gran cantidad de esfuerzo y sobre todo de voluntad, que no está determinada por la demanda a nivel de industrias creativas. Me parece que este libro viene a remarcar e insistir sobre eso que no tiene un solo nombre, y que se entiende muy, pero muy lejos de los parámetros del mercado y el oportunismo de la política de turno. Esa que la “clase política cultural” de nuestro país devora tan rápido como puede, o como cree que puede. Hoy es muy fácil utilizar los términos de un lado a otro, cual malabarista, es así como desde iniciativas mega oficiales se habla de “autonomía” o “lo común” incluso nos hacen creer que ellos quieren trabajar “colectivamente” con nosotros, pero ¿es eso posible? ¿Qué tipo de transversalidad puede tener lugar desde la clase de institución pública cultural que hay en nuestro país? Cuando esos “esfuerzos” casi siempre vienen desde las lógicas de la economía neoliberal furiosa que traspasa los muros de muchas instituciones culturales de la manera más elegante y despiadada transformándolas en devoradoras de impulsos desde el “afuera de la institución”, eso, no ha cambiado en estos 41 años.

Este libro, insisto, remarca que hay acciones coyunturales que se desmarcan de utilizar solo un término para nombrar una acción que no cambia nada, este libro como dijo una vez María Galindo, viene a demostrar que “podrán robar nuestros conceptos, pero no podrán quedarse con nuestras luchas políticas”. Eso que no tiene un solo nombre, que se llama de muchas formas y adquiere representaciones múltiples, es lo que mantiene el espíritu crítico de muchos proyectos: que enlazan formas de vida imaginadas desde lugares colectivos, es una energía que hace mover a veces un grupo pequeño de personas, otras veces multitudes, es aquello que reconoce un legado vivo en el presente, y que puede ser una conversación, una manifestación, un mapa, un libro, un texto, una reunión o una generosa entrega de saberes sistematizados para el “común”.

NO ESTAMOS TODXS, FALTAN 43.


[1] Según conversé con algunos integrantes de este grupo, se basaron en los mapeos colectivos del grupo argentino Iconoclasistas. http://www.iconoclasistas.net/

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